PORCEL ROMÁN, Antonio Fernando Basilio

Texto  y fotografía, facilitadas por Dña. Maria Luisa Román
Texto y fotografía, facilitadas por Dña. Maria Luisa Román

PORCEL ROMÁN, Antonio Fernando Basilio (1755-1832)

Antonio Fernando Basilio Porcel Román nació aquí, en Mairena, pequeño pueblo de La Alpujarra granadina, el 15 de junio de 1755. Hijo de Luis Porcel Ruiz (en otros documentos pone Juan) y de Ana Román, de fortuna modesta, el padre era descendiente de un capitán que se estableció en estas tierras cuando termino la guerra de La Alpujarra. Posiblemente serian dueños de varias tierras por las suertes que dieron a los repobladores. También se sabe que tenían tierras, casas y huertos en la jurisdicción y territorio de Torres Bermejas, en Granada, por lo menos hasta el 1782, año en que se le reclama a la ya viuda Ana Román lo reintegre al Real Patrimonio. Aparte de Antonio tuvieron tres hijos más, Juan, Rafael y José.

Antonio estudio en Granada, junto con su hermano Rafael, como becario jurista en el colegio de San Bartolomé y Santiago, donde ingreso a primeros de octubre 1771, y se graduó en la Universidad como bachiller en leyes en 1775. Su padre quería que se quedara en el pueblo, incluso le busco aquí una novia, pero el joven Antonio no quiso. Padre e hijo tenían puntos de vista diferentes por lo que Antonio marcha a Granada, donde un sacerdote pariente suyo le proporciona cartas de recomendación para ir a Madrid. Allí, otro paisano, el señor Don Francisco Jiménez Sarmiento, agente del Real Consejo de Indias fue el que le ayudo a que practicara en la abogacía hasta que fue recibido como abogado por el Real Concejo de Castilla el 22 de mayo de 1779. La redacción de un informe sobre una fragata que venia de Indias causo un efecto más que favorable en el tribunal, hasta el punto que uno de sus miembros, con todas las felicitaciones lo envió a su hermano que era ministro de Indias, y este lo nombró oficial de la secretaria de Gracia y Justicia de Indias. Su carrera en la corte fue vertiginosa y los cargos se sucedieron, fue elegido supernumerario en 1786 y el ocho de mayo de 1787 fue recibido académico de número en la Academia Real de la Lengua ocupando la silla Q; al año siguiente se le nombró secretario de su Majestad y se le encomendó la dirección o administración de las temporalidades de los Jesuitas de Nueva España, puesto importante y delicado dado el enorme caudal que había que administrar. Fue miembro de la Sección de Ciencias Morales y Políticas de la Academia Nacional. En 1791 fue recibido solemnemente como caballero de Carlos III, y el 11 de noviembre fue nombrado secretario con voto en el Concejo de Indias. Ministro de Guerra en la Junta Central, presidida del Conde de Floridablanca. Juro la constitución de Bayona en 1808.

Durante la Revolución francesa y el absolutismo tuvo que abandonar Madrid, marchando a Sevilla y pasando después a Granada donde lo esperaba su familia y su hermano Rafael, abad de la Catedral. Sus vienes de Madrid fueron confiscados, y ante los temores de persecución, tubo que refugiarse en La Alpujarra, seguramente en su pueblo. Pasados los primeros temores pudo volver otra vez a Granada donde siguió desempeñando cargos. Fue elegido en noviembre de 1810 diputado por la ciudad de Granada, en la iglesia Parroquial de San Miguel de Pulpí, Almería, aunque sus poderes no se aprobarían hasta el 15 de enero de 1811, jurando y tomando posesión de su cargo en 1812, porque al estar refugiado en La Alpujarra no se entero de su nombramiento. Fue su amigo y sacerdote Antonio Alcayna y Guirao, natural de Villa María y también diputado de las Cortes de Cádiz. En las cortes de Cádiz fue diputado doceañista por Granada, donde manifestó sus opiniones de liberalista templado. No acepto el nombramiento de jefe político de Granada que se produjo el 14 de diciembre de 1812. Había sido presidente de la Junta de Legislación en las preparatorias del texto constitucional, la famosa Pepa.
Fue habil en los negocios y con gran capacidad de trabajo. Fue admirado por los hombres de su tiempo, el conde de Torento lo consideró uno de los diputados más ilustres y para Rico y Amat “fue uno de los más notables, destacando no por su elocuencia, pues su oratoria no era la del corazón, sino la del entendimiento”

Defensor de la Ley de Imprenta que gracias a su oratoria hizo que se aprobara esta misma ley antes de la Constitución de 1812.

Fue partidario del nuevo plan de contribuciones públicas, propuso la creación de la Dirección de la Hacienda Pública y la supresión de la Contaduría General de Propios. En marzo de 1813, con motivo de su elección para las Cortes Ordinarias, denuncio el estado de opresión y desorden en que se hallaba la provincia de Granada, pidiendo a la regencia que tratara de remediar estos excesos. Sus opiniones en materia hacendistica tuvieron gran peso en las Cortes. Creía que con el establecimiento de la Constitución, el independentismo americano quedaría frenado. 

Por sus ideas liberales  fue detenido, por orden del capitán general Eguia, y enviado a prisión en 1814. Liberado por el pueblo de Madrid en la revolución de 1820, saldría de la cárcel para tomar parte del Gobierno de los Presidiarios llamado así por el mismo Fernando VII pues casi todos sus componentes habían salido de la cárcel donde estaban por liberales. Durante el Gobierno del Trienio Liberal fue ministro de Ultramar (1820 - 1821) 
Nombrado Consejero de Estado entre 1821 – 23 fue también miembro de la sección de Ciencias Morales y Políticas de la Academia Nacional y vocal de la comisión del Código de Comercio en 1828.

En Madrid contrajo matrimonio con una dama de Zaragoza, doña Manuela Rubio y Ambielo de la que enviudo muy pronto sin descendencia. En el mismo barrio donde vivía Antonio Porcel vinieron a instalarse una familia procedente de Ronda y Antonio se enamora de una de las hijas, Isabel Cobo. Él contaba 45 años y ella 25, se casan el 6 de febrero de 1802. Tuvieron cuatro hijos: Rafael, María Isabel, Josefa y Fausto.
También en el mismo barrio vivía uno de nuestros más afamados pintores, Francisco de Goya quien retrato al matrimonio Porcel. Goya pinta el retrato de Antonio en 1806 y el de Isabel por esas mismas fechas, en el año 1808 estuvieron expuestos en la Real Academia de Bellas Artes en Madrid. Permanecieron en la casa del matrimonio hasta el 1887 que fueron vendidos por los herederos, los señores Porcel Zayas, el de doña Isabel Cobo a don Isidoro Urzaiz y los herederos de este lo vendieron en el año 1897 al Nacional Gallery de Londres por 405 libras. El de don Antonio fue a parar a Buenos Aires, en 1893 la Sociedad de Señoras de Santa Cecilia , organizo en el palacio Hume, una gran exposición con objeto de recaudar fondos para la ampliación de la iglesia del Pilar, en Buenos Aires. Allí, entre los artistas locales, un Fragonard y un Degas se encontraba el retrato de don Antonio, entonces pertenecía a un tal Miguel Cané. Mas tarde se conservaba en el Jockey Club de Buenos Aires donde fue destruido por un incendio. Cuando Antonio Porcel se instalo en Granada poseía un carmen junto a la colina de la Alhambra llamado carmen de Peña Partida, hoy conocido como de los Catalanes donde vivieron un largo periodo.
Aunque don Antonio se jubila en 1817, donde se retira al Carmen de la Alhambra, en la revolución y el período constitucional que se inicio en 1820 fue llamado otra vez a la corte. Con el empeoramiento de la situación en 1820, Porcel como liberal moderado se encontraba entre dos extremos: un rey que no quería someterse a la las prácticas constitucionales, y de otra con pasiones exaltadas que aspiraban a humillar al poder. Así, deja a su familia para marchar a Sevilla en 1823. Más tarde, a petición del rey, Porcel acepta acompañarlo a Cádiz no queriendo abandonarlo “hasta el final del drama”. Cuando Cádiz fue entregada a los franceses, el rey se reintegro de pleno a su soberanía, el absolutismo. Porcel se encontró, cuando se disponía a volver a casa, que, junto a un gran número de empleados había sido desterrado de la corte. Enfermo, espero un año en Sevilla, pasado ese tiempo pudo conseguir un pase para volver a Madrid aunque bajo vigilancia médica continua. Allí consiguió que le devolvieran la jubilación de la que disfrutaba antes del 1820. Murió en Madrid el 5 de enero de 1832, enfermo y desengañado de la política.

En 1823 redacta su testamento ante el escribano Idelfonso Salaya, donde hace mención de sus bienes en la provincia de Granada y los de su mujer en Ronda. Dice en él que no debe nada a nadie, solamente su sueldo a su secretario Francisco Gónzalez. Nombra albaceas a su mujer por su “notorio juicio, virtud y discrepción”, siendo además tutora de sus hijos menores con relación de fianza. En el resto instituye herederos por partes iguales a sus cuatro hijos. Antes de morir nombra a don José Reina administrador de sus posesiones en Granada, ante el escribano madrileño Galán.
Su partida de defunción esta en el libro de difuntos de la parroquia de San Martín.

Diez años más le sobrevivió Isabel Porcel, que falleció en Granada, el 22 de abril de 1842 a los sesenta y dos años.

Es posible que a la muerte del padre de Antonio Porcel, su madre y los hijos que todavía estuvieran aquí se marcharan a Granada y por eso no queda en Mairena ningún Porcel, ni su recuerdo.
La Constitución de 1812 se firmo en todos los pueblos de la Alpujarra. La de Mairena esta desaparecida por la destrucción de los archivos en la Guerra Civil. Pero seguro que se juraría más o menos como en los demás pueblos: Se proclama la Constitución en la plaza publica, llamada desde entonces “Plaza de la Constitución”. En la iglesia, donde acuden autoridades y todos los vecinos, los curas, desde el púlpito leen todos los capítulos y artículos de la Constitución, luego explican de forma concisa todas sus partes, después viene el juramento, sobre los Santos Evangelios, de guardar y hacer guardar la Constitución y fidelidad a Fernando VII. El juramento concluía con repiques de campanas, tiros de escopeta y música. Por la tarde se canta el Te Deum y en algunos pueblos hay corridas de toros, procesiones de santos, rezos de rosario, iluminación del pueblo durante tres noches y demás festejos. Toda la Alpujarra unida celebrando los 384 artículos de la Carta Magna de España, algunos sin comprender quizá todo su significado pero sabiendo en el fondo que era la que representaba sus derechos y libertades tanto tiempo reprimidos, que la soberanía era del pueblo. En cambio, que poco tiempo les duro.