GRANADA - FUENTE DEL AVELLANO

Texto publicado en 1891 con el título de “LA FUENTE DEL AVELLANO”

Texto de: Augusto Jerez Perchet

Fotografías: Francisco Pelegrina López

 

El terminar el melancólico paseo de la Carrera del Darro[1] traspuesto un elevado puente [2]  


[1] Esta calle va desde Plaza Nueva hasta la plaza del Padre Manjón, muy cerca de la Fuente del Avellano

[2] Debe referirse el autor al conocido hoy como Puente de la Puerta de Guadix o Puente de los Labradores.


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erigido sobre el río de aquel nombre, empieza la subida a la Fuente del Avellano, fuente que a todas horas utilizan los vendedores de agua para pregonar su mercancía, con razón considerada deliciosa por sus cualidades de líquido potable. 

En la calle que precede al paseo contemplamos la casa de los señores de Castril,[1] realzada a influjos de una dramática tradición. Es un edificio del siglo XVI, amplio y severo, de salones anchurosos y ensambladuras valiosas. La portada, greco, romana, se atribuye a Diego de Siloe, y en un balcón tapiado de la fachada vese la inscripción Esperándola del cielo, memoria del mísero ahorcado que demandaba en las postrimerías de su existencia justicia a Dios, desesperado de no encontrarla en la tierra.



[1] Actualmente Museo Arqueológico

La Carrera del Darro es una alameda de regular longitud y su modesto atavío se reduce a una fuente de piedra. Los torreones de la Alhambra se extienden casi paralelos al paseo en dilatada y pintoresca línea y las almenas, ya de correcto dibujo, ya quebrantadas por la acción del tiempo, contrastan con los elegantes ajímeces, al par que éstos, en virtud de ridícula anomalía, alternan con los balcones de gusto moderno.

Los árboles abundan en el agrio cerro, y entre ellos tienen profusa representación los almendros, ahora vestidos de flores, semejantes a copos de nieve, signo evidente de que la primavera ha hecho su entrada gozosa, cantada por las golondrinas en los pórticos de la catedral y en los aleros de los tejados, y por los ruiseñores en los bosques y en los jardines.

 

            Un acueducto, adornado pomposamente de fina hiedra, rompe la sombría apariencia de un tejo verde y lustroso, y la Cuesta del rey Chico, se abre entre dos cortaduras en violenta pendiente.

 

            Antes de seguir, apuntaré que el valle del Darro recibía el nombre de Axarif y lo utilizaban los moros con predilección para las personas enfermas o delicadas, a fin de que aspirasen sus puras y salutíferas emanaciones.  

Arranca la subida a la fuente del Avellano en una planicie de la margen izquierda del río y, salvo tal cual especie de trinchera del monte, desciende éste hacia las inmediaciones de aquél. Cerca de la cumbre, cubierta de vegetación, lo mismo que toda la vertiente, asoma Generalife. Los cármenes se escalonan en la faja de terreno por donde ondula el camino, y en la orilla derecha del Darro sube el suelo hasta redondearse en suaves contornos. Las huertas y los jardines lo tachonan, y un largo muro, resto de la antigua cerca de Granada, baja por la ladera hasta encontrar la vía que conduce al colegio del Sacro Monte. Entre los claros de las chumberas asoman agujeros medrosos, albergue de numerosas familias de gitanos, quienes ocupan las cuevas en unión de algún macilento pollino.

El gitano conserva como una religión la idea de lo clásico, sin darse cuenta del hecho; y ni en las costumbres ni en el indumento ha cambiado un ápice. Siempre se nos presenta como el tradicional tipo que causa regocijada sorpresa al extranjero. La mujer con abigarrado vestido de amplios faralaes, y el hombre con ajustado pantalón, pródigo en remiendos y en descomunal campana, cubierta la cabeza de un catite, ceñida la cintura por descolorida faja y armado de un látigo, cuya vara le sirve a maravilla de punto de apoyo que facilita extravagantes actitudes, en las que se admira la flexibilidad de su dueño. En cuanto á los rapazuelos, pueden aceptarse para estudiar el desnudo, porque el traje les es desconocido en esa edad dichosa. Desgraciadamente no hay medio de compararlos con poéticos amorcillos; antes bien, parodian esfinges egipcias o ídolos de la India.

 

            Sale de las cuevas ruido estridente de martillos que golpean sobre yunques; brillan llamaradas que dan fatídica luz a los humildes antros, y vemos, por fin, que en éstos se elaboran los útiles de herrería a que tan aficionados son los individuos que los habitan.

Conforme avanzamos en nuestro paseo encontramos distintos elementos de composición en el paisaje. Uno de los recodos permite ver el Albaicín,  y tornando la mirada al trecho recorrido, hallamos parte de la ciudad, la catedral y un fragmento de l Vega. Otra de las vueltas pone de manifiesto las Angosturas de Darro y, por encima, la capilla próxima al Sacro Monte. Cierran al frente el cuadro del valle dos montes que se estrechan y a lo lejos una cima de la Sierra Nevada.

 

            La fuente del Avellano está un una reducida meseta y es un pilar de piedra con surtidor que arroja un pequeño caudal de agua. En la parte superior del receptáculo, una inscripción dice así:

 

“Reynando el Sr. D. Fernando VII de Borbón Q.D.G. siendo Capitan Gral. De esta prov.ª el Exmo. Sr. D. José Ignacio Álvarez Campana y Correg.r de esta Capital el Sr. Marqués de Altamira, la ciudad de Granada hizo esta Obra comisionando para ella a el veinte y cuatro de su Ayuntamiento D. José Marín.- Año de 1827.” 

 

            Después se angosta el camino, sin ofrecer accidente notable, y llegamos a la fuente de la Salud, análogo a la precedente y, por último, a otra que para no ser de ralea peor que la primera, se ufana con el siguiente letrero:

 

·Se amplió y mejoró este camino construyéndose esta fuente y la que precede siendo Alcalde Presidente del Excelentísimo Ayuntamiento Constitucional D. Antonio Maestre y Requena. – Año de 1861.”

La metáfora del concepto apuntado hace reir, a menos de aceptar que la mejora aludida se ha borrado completamente; porque la vereda, húmeda, resbaladiza, mal conservada y en la que las moreras con sus aguzadas espinas punzan al transeúnte, no reclama, ni mucho menos, los honores de un recuerdo esculpido en la piedra. El camino merece este nombre sólo a trechos; pero la mayoría de su extensión consiste, según decimos, en un sendero casi peligroso, a juzgar por los desprendrimientos del suelo. En este particular, la incuria se percibe con acentuados rasgos y lleva el pensamiento a las comparaciones, aun comprendiendo la odiosidad de tarea semejante. En Granada la naturaleza lo hace todo, y apenas si algunas veces acude el hombre en su auxilio.

La puesta del sol es hermosa. Las montañas, que sirven de marco a la Vega en dirección a Loja, se tiñen de suavísimos tonos violáceos. De los pueblos y caseríos se eleva tenue vapor que modifica los efectos de la perspectiva. El astro, en apariencia rojizo, desaparece tras la Sierra Elvira, y súbito se torna el color vivo de los campos y de los jardines próximos a nosotros en matiz opaco Los bosque y las alamedas pierden sus tintas animadas, y los cipreses, erguidos a la manera de espectros, justifican merced a  negrura de sus copas el calificativo de árboles de la muerte.

 

            La tarde alegre ha concluido. Las nubes encarnadas, amarillas y cenicientas nos brandan cambiantes caprichosos, y de todo el mundo de armonía sólo subsiste el rumor del río,  que arrastra sus aguas saltando tumultuosas en las pulimentadas piedras.

 

            Brillan las luces de Granada y percíbese el sonido de las campanas en iglesias y conventos, como si con sus voces quisieran recordarnos que es llegada la hora del recogimiento

 

            ¡Aviso inútil! En el realismo de la vida pasa fugaz el instante de la fantasmagoría, inspirada por objetos exteriores que nos rodean,  y subsiste íntegra la verdad de la meditación.