EFECTOS PSICOLÓGICOS DEL VINO - Edmondo de Amicis

INTRODUCCIÓN

 

Considerando que La Alpujarra es una comarca en la que el vino ha tenido un protagonismo especial desde tiempos inmemorables, creo que el texto que a continuación iré poniendo en esta página nos puede servir como testimonio histórico de los primeros escritos “estructurados”, sobre los efectos psicológicos del vino sobre las personas.

 

Casi todos nos hemos visto alguna vez un poco alegres a causa del vino, o de otra bebida que hemos compartido con amigos, familiares, o simplemente por motivo de alguna celebración o fiesta. Por ello es fácil entender las explicaciones que Edmondo de Amicis, nos detalla en su obra, y en la que es fácil verse uno reflejado.

 

Mucho se ha escrito a la fecha sobre el vino, pero si hay una obra que habla de los “efectos psicológicos” sobre el ser humano es la de Edmondo de Amicis, escrita en 1880 y que en español publicó en sus páginas La ilustración artística, en tres de sus números en el año 1891, o sea once años después de la publicación en italiano. Para respetar el texto publicado en España y que tradujo D. Federico Rahola, he mantenido la puntuación de aquella fecha tal como se publicó en la revista citada. Asimismo mantengo las ilustraciones que hicieron A. Ferragutti, E. Ximenes y E. Nardi.

 

Si consideramos que la psicología de forma experimental para el estudio, tuvo sus comienzos en este mismo siglo XIX, más concretamente en 1879, por Wundt en el Laboratorio creado para ello en la Universidad de Leipzig, podemos suponer que de Amicis cuando escribió este texto en 1880, no conocía aún nada de la estructuración actual y avances de la psicología tal y como se entiende hoy. Por ello podemos considerar como muy avanzadas las observaciones que nos hace en esta publicación que vio la luz en 1881, con el título Efectos psicológicos del vino (Gli effetti psicologici del vino, Torino, Loescher, 1881)

 

A continuación pongo el texto tal y como se publicó en La Ilustración Artística.


EL VINO

Por Edmundo de Amicis

con ilustraciones de A. Ferragutti, E. Ximenes

y E. Nardi.

Traducido por D. Federico Rahola.


Estudiando el vino en la cepa, considerado en la leyenda, en la poesía y en las costumbres, sabido como se compone y cómo con él se trafica, de qué manera obra en el organismo y por qué medios conduce al delito, á la locura y á la muerte, resta tan sólo tratar de sus efectos psicológicos; explicar, esto es, cómo opera en la inteligencia, en la imaginación y en el sentimiento mientras se permanece, bebiendo, á mucha distancia de aquel límite funesto, salvado el cual cae el bebedor en las manos del profesor Lambroso.


Acerca de los efectos generales y ordinarios del vino nada podré decir que la mayor parte de mis lectores no haya observado ó no esté en actitud de expresar. A cada no, por lo menos una vez en la vida, después de un banquete placentero de amigos, durante el cual se haya con sobrada frecuencia asomado, como dice un poeta, al redondo ventanillo de la copa, le habrá ocurrido de reseguir en sus adentros, al siguiente día, los diversos períodos de alteración por los cuales pasó su mente, su corazón y su lenguaje; hacer un esfuerzo para darse cuenta de la progresión de la embriaguez; estudiar curiosamente aquel yo ficticio que fué por espacio de algunas horas, como si se tratase de examinar el talante de un desconocido. Y el asunto es digno de estudio, en realidad, al menos tanto como cualquiera de las llamadas enfermedades mentales puesto que si bien la embriagues es dolencia de pocas horas y de segura curación, resulta de extrema importancia por la razón que á cada momento nos toca vivir y tratar con ella, refrenarla y persuadirla, verla, fingiendo que no la reconocemos, circundarla de miramientos para no exasperarla y servirse de ella en algunas ocasiones. Y dejando á un lado sus consecuencias, aquella alteración creciente de los sentimientos y de las ideas, aquella continua sucesión de diversos estados en la conciencia, por cuya virtud se llega de la serenidad tranquila que se sigue á los primeros sorbos, á la exaltación ardiente y tumultuosa de los últimos brindis, es por sí solo un acontecimiento psicológico tan extraño y tan fecundo para el estudio de la naturaleza humana, que nunca será bastante meditado por el filósofo ni por el artista.

Veamos de seguirlo paso a paso, sentándonos á la mesa del banquete.


Cada cual conserva en la mente las preocupaciones de la existencia; dificultades no resueltas, presentimientos de dificultades futuras, recuerdos de recientes sinsabores, alguna bella esperanza que brilla y se obscurece según los momentos, temores, cierto hastío, aquel leve sentimiento de fatiga moral que sucede á la acelerada labor de la mente; cada uno se encuentra en aquel estado de ánimo, en el cual estamos casi siempre todos, de expectación pensativa é inquieta. De un golpe surge en nuestro cerebro una idea ó una imagen risueña.  

Todos, en ocasión parecida, hubiéramos podido aprisionar al vuelo esta primera mariposa mensajera de la embriagues que aparece de improviso en la mente, y nos hace exclamar, después de la primera copa: “Por esta noche, echemos fuera el fastidio y las preocupaciones” Apuntada aquella idea, entramos en el primer período, en el cual debemos siempre detenernos. La mente está en plena posesión de sí misma, pero con nueva energía de frescura, como tras de un reposo: las cosas se le presentan todavía con sus proporciones y con sus colores reales, pero circundadas de una sutilísima orla luminosa.


En el campo que recorre con más frecuencia nuestro pensamiento, que es el del presente día y el del día futuro, el obstáculo que poco antes nos parecía insuperable, ahora nos parece que, de una ú otra manera, lo podremos salvar; nace una lejana esperanza de resolver dificultades intrincadas; se entrevé vagamente de manera de conciliar ciertas graves discordias entre la reflexión y el sentimiento; cobramos mayor confianza en la suerte y en nosotros mismos: se nos antoja que volvemos á comenzar la vida mejor dispuestos y más fuertes, después de aquel esparcimiento del esparcimiento del espíritu, del cual comprendemos en aquel momento que teníamos verdadera necesidad ¿Existe algo en realidad más honestamente lícito y más saludable que este pequeño desahogo, moderado, de jovialidad y aturdimiento entre los amigos, después de muchos días de labor y de cuidados? Si algún decaimiento hemos experimentado en aquel mismo día, si hemos desconfiado, por un momento, de nuestras facultades intelectuales ó de nuestras fuerzas físicas, ahora todo nos sonríe. ¿Nuestra percepción se hace tan lúcida, nuestra palabra tan fácil, nuestra voz tan llena! ¡Sentimos una transpiración tan agradable, el conjunto de nuestras fuerzas tan dulcemente fundido, la vida tan poderosa á un tiempo y tan ligera! Y la conversación mana admirablemente. Los argumentos se suceden, pero uno resta por algún tiempo sobre el tapete, discutido con vivacidad, pero con orden. Y ningún tema de discurso resulta indiferente. Aun en aquellos asuntos más ajenos á nuestra cognición y á nuestros intereses, nos sentimos como forzados á entremeternos, y sobre cualquier cosa se consigue decir algo ingenioso o por lo menos sensato y aceptable.


Las adversas opiniones se concilian fácilmente; quien no está persuadido finge estarlo; á cada uno se le consiente algún pequeño triunfo de amor propio; y así cada uno está satisfecho de sí y de los demás, y esta satisfacción se traduce en mil menudos servicios y delicadas cortesías insólitas, y comenzamos por pensar que, en realidad, la compañía no podía combinarse mejor; que no había modo de juntar caracteres más congeniales ni más armónicos. Y en esta creciente satisfacción de todos, cada vez que uno se repliega en sí mismo, ve todas sus cosas lentamente ordenarse, esclarecerse, adquirir á más y mejor el color que cuadra ça sus deseos; las esperanzas que estaban al fondo del cuadro avanzan poco á poco al primer término, los sinsabores retroceden hacia la sombra, cuanto se nos presenta triste ó difícil en la senda se ofrece como de escorso; todo gira, se atenúa suavemente, se dispone de modo que forma un agradable conjunto como en los espectáculos teatrales Y creemos plenamente en ello. Una voz íntima nos susurra con dulce acento: “Todo es ilusión.” Nosotros respondemos: “Es realidad.” Ilusión fué el cuadro poco risueño que antes vislumbrábamos, teniendo el ánimo fatigoso y contristado con la lucha por la vida: no lo que ahora contemplamos casi lejos del mundo, en una región más elevada y más serena. Ahora hacemos el propósito de recomenzar el trabajo al siguiente día, con más resolución y con mayor ánimo, y nos representamos ya en la mente una nueva vida vigorosa, sin intervalos de inercia, llena de emociones fecundas y de osados proyectos, concitada y ardiente como la alegría que bulle á nuestro alrededor; y con un sorbo de licor predilecto reforzamos nuestro empeño y lo sellamos con un seco golpe de la copa sobre la mesa. Pero de improviso, más ó menos tarde siempre llega, el efecto del vino parece cesar de una vez.

El cristal rosado, á cuyo través veíamos los objetos, desaparece; todas las cosas vuelven á cobrar por un momento su aspecto real, todos los pensamientos molestos regresan á bandadas, y nos sentimos casi abatidos por el descorazonamiento. En tal instante se observa al comensal, hasta aquel momento alegrísimo, doblar la cabeza y tener fijos los ojos por algún tiempo en la copa, que hace girar entre sus dedos. Pero son breves momentos. La nube dorada que nos envuelve, rasgada apenas, se junta de nuevo; volverá á rasgarse aún alguna vez, pero la rotura será siempre más sutil y con facilidad volverá á cerrarse. En tanto la embriaguez crece y se extiende. Leve punta de pensamiento lúgubre asoma acá y aculla, pero tarda en sumergirse. Las facultades intelectuale que han llegado á su máxima potencia, radican todavía en el puño de la voluntad. La labor de la mente se efectúa con tanta rapidez que no tenemos casi e ello conciencia, quedando maravillados nosotros mismos. En pocos segundos damos vueltas á las cien facetas de una idea para encontrar -y lo encontramos- el único punto que se presta al ridículo. La chinita del amigo nos ha tocado apenas, que ya la respuesta ha dado en el blanco. El pensamiento prorrumpe de la mente en fórmulas precisas y brillantes; las bien halladas argucias empalman, la anécdota corre fácil y suelta, llena de digresiones imprevistas y de comentarios inesperados; todo, acompañado, seguido, puesto en música, si así puede decirse, por aquel íntimo buen humor juvenil y profundo que se ríe de sí y de los otros, siendo por sí mismo una fuerza cómica de primer orden. Nadie puede atajar aquel curso impetuoso de ideas y de palabras. El horizonte del pensamiento se dilata rápidamente y de todos sus ámbitos vienen nubes de ideas y de imágenes; de todos los escondrijos de la mente surgen recuerdos de sucesos, rostros de personas, frases, versos, fechas, impresiones de lecturas, radicales olvidadas de extranjeros idiomas, grupos de lejanas reminiscencias que creíamos muertas, relámpagos que iluminan vastas regiones de lo pasado. En poco minutos de silencio se gorma una represa en la mente, que se despeña luego por el primer portillo abierto en cascada rumorosa de períodos que ensordecen al auditorio.

La mente no sabe ya lo que ofrece ni lo que recibe. Nos sentimos transportados de un soplo de inspiración. Nos llega á parecer que no hablamos nosotros y que simplemente repetimos las palabras de otra persona más perspicaz, más docta, más fecunda que nosotros, la cual nos sugiere precipitadamente al oído cuanto debemos decir. La embriaguez crece á oleadas. A la oleada de las frases y de las anécdotas sucede la de las discusiones, un verdadero pugilato de oraciones, una manía de polémica infatigable; argumentaciones interminables sobre la dudosa edad de una actriz ilustra ó acerca la sinonimia de dos palabras; controversias filosóficas sutiles, vueltas á tomar diez veces desde el principio con una constancia de hierro, en las cuales cada de los controversistas preferiría morir antes que ceder el primero; disputas sobre asuntos diversos, que se cruzan de un lado á otro de la mesa y que se prolongan aun cuando no sea posible ya entenderse con palabras, por afirmaciones ó negaciones obstinadas de la mano y de la cabeza; luego, de improviso, una corriente de hilaridad que lo arrastra todo, sofoca los derechos nacientes y se produce general acuerdo.

Y entonces sube y avanza lentamente la gran oleada del amor al prójimo. Quien está alegre, es siempre benévolo. Nos hemos enriquecido en pocas horas; por lo mismo somos pródigos. La bondad que nos llega con vapores del vino, se acrecienta aún más con el reflejo de la que vemos brillar en las caras de los circunstantes. De los presentes no recordamos más que las buenas cualidades y las demostraciones de amistad y simpatía de que nos hicieron objeto. De los ausentes no se nos aparecen más que las figuras simpáticas. En nuestro corazón se acumulan tesoros de indulgencia. La cortesía adquiere gradualmente las proporciones del elogio. Comenzamos por hacer la apología de algún ausente, en la cual todos consentimos, aún sin conocerlo. Insistiendo más todavía el afecto, vencemos el pudor y ensalzamos á los presentes en moderada forma, pero con calor, por el débito de justicia, y nos sulfuramos contra la modestia que nos mantiene encogidos.

Pero todo esto no basta. Recorremos la historia de nuestras amistades, exageramos los servicios que nos han prestado é inventamos algunos para poder expresar nuestra gratitud; exhumanos muestras antiguas faltas, perdonadas tiempo ha, tanto para confesarlas otra vez como para hacérnoslas perdonar de nuevo, para echarnos una piedra más encima. Pensamos en los amigos lejanos, que teníamos en completo olvido, y nos proponemos escribirles á la mañana siguiente una carta afectuosísima, cuyo primer período nos suena ya en la mente. Nos acordamos de las persona con las cuales nos hemos peleado, y decidimos ir á su encuentro para reconciliarnos el día próximo. No queremos que subsista ni una sombra en el hermoso cielo color de rosa de nuestra vida. La imaginación nos ofrece el mundo tal como debiera ser, todo tolerancia, armonía y bondad. No es así ciertamente: la razón nos lo dice aún. Pero existen virtudes, santas existencias ignoradas, nobles entusiasmos, ejemplos sublimes de generosidad y grandeza.. No nos es posible ver todo esto. Pero sentimos el corazón de sobra suficiente para contener mayor número de afectos, un tesoro centuplicado de admiración y de entusiasmo. Y nos hostiga la necesidad de expandir nuestra benevolencia por encima de los que tenemos alrededor, lejos, hasta la humanidad desconocida, de igual modo que se experimenta el deseo de llenar con los sonidos de la propia voz un valle ancho y sonoro. Y al llegar a este punto, la mente sobrexcitada suelta la chispa de la creación. El poeta dramático ve relucir las líneas complejas de un drama potente, el banquero la idea confusa de una idea temeraria, el arquitecto los grandiosos contornos de una mole que vencerá á los siglos. Mas la conversación clamorosa rompe el curso de las grandes ideas solitarias. Los temas usuales no bastan ya. Se eleva el discurso á los grandes hombres, á los maravillosos espectáculos de la naturales, á los graves problemas sociales, á la fraternidad de los pueblos, á la inmensidad del espacio, ça la inmortalidad del espíritu; se mide el universo á vista de águila, se habla con frases de proclama, con gesto imperativo y acento de tribuno, no encontrando palabras de sentido bastante amplio ni epítetos suficientemente hiperbólicos para responder á las exigencias impetuosas del sentimiento que nos absorbe. Y aquel círculo de amigos, entre cuatro paredes, no resulta mezquino y sofocante.


(CONTINUARÁ)