EL POLVO DE LA CONDESA ó EL POLVO DE LOS JESUITAS

El encabezamiento de este escrito puede llamar a confusión, pero ahora verán que no tiene nada que ver con lo que están imaginando.

 

De todos es sabido que los jesuitas han sido punteros en muchas de las ciencias, y de ello tenemos constancia en la historia con muchos nombres que nos lo han demostrado. Cito a continuación, cuatro ejemplos de jesuitas que destacaron en sus campos: Cristoforo Clavio (1538-1612), especialista en álgebra ; Chritoph Scheiner (1573-1650), que descubrió las manchas solares dos meses antes que Galileo (en enero de 1612); Atanasius Kircher (1601-1680), que se puede decir que es el creador de la geología moderna ; Rudjer Joseph Boscovich (1711-1787), entre otras cosas, físico astrónomo, matemático, filósofo. Podríamos seguir con una listas interminable hasta la época actual, pero no es ese el motivo de este pequeño testimonio.

    Si miramos en la Espasa moderna, o sea en la Wikipedia, nos encontramos que la quina, “(Cinchona officinalis), es la corteza del quino, o 'cascarilla', de aspecto y cualidades diferentes según la especie de que procede”.

 

“El historiador de los Incas, Garcilaso de la Vega, en los informes que ha dado sobre la farmacopea de los Hijos del Sol, no hace mención de la quina como antídoto de la fiebre: lo que prueba suficientemente que en el tiempo de éstos, como en el suyo, la quina no era conocida”1

 

O sea, que en 1635 o 1636 no se habían descubierto las cualidades de esta “preciosa especie febrífuga”, hasta unos años después, en 1638. En principio se atribuía su descubrimiento al azar, y con una historia cuando menos curiosa e infantil, que de nuevo nos detalla el viajero Paul Marcoy en el libro citado:

 

“Un indio atacado de la fiebre cruzaba una selva y, muriéndose de sed, enconró a su paso un charco de agua estancada sobre el cual yací a atravesado un quino desarraigado (la historia no dice a qué género pertenecía). El indio bebió a largos tragos de esta agua rojiza, que, al mismo tiempo, le quitó la sed y lo libró de su terciana”.

 

Continuamos en la cronología y sabemos que allá por 1638, la virreina de Perú, a saber la esposa del conde D. Luis Jerónimo Fernández de Cabrera y Bobadilla, (no se si la primera, Dña. Ana Osorio Manrique, o la segunda Dña. Francisca Enríquez de Rivera),

 

“fue atacada de fiebres intermitentes cuyo germen había adquirido en el valle de Lanahuana, en la costa del Pacífico, se curó de ellas por empleo del polvo de corteza de quino”2

 

La cuestión es que el virrey lo llevó a Lima y lo administró a su querida esposa, y parece que con gran éxito. Tal fue la alegría del Conde de Chinchón que no dudó en “famosear” el producto todo lo que pudo y de vuelta a España lo distribuyó entre amigos y conocidos.

 

Algunos años después fueron los jesuitas establecidos en Perú, lo llevaron a Roma, y demostradas sus cualidades curativas, pronto se extendió por toda Italia.

 

Aquí se explica la denominación del que fue primero “El polvo de la Condesa” y como pasó a llamarse posteriormente “El polvo de los jesuitas”.

 

Por último dejo otra cita del libro de Marcoy:

 

“El entusiasmo de los reverendos por la droga en cuestión llegó hasta quitarle el nombre de kinakina o kinkina con el que le signaban los indios de ultracordillera, para imponerle los nombres metafóricos de caspo-chucchu (árbol de la fiebre) y de cava o yara-chucchu (corteza de la fiebre). Los dos glosarios del idioma quechua que han dejado los jesuitas Antonio Ricardo y José Figueredo, los cuales datan, el primero de 1720, el segundo de 1754, dan fe de lo que anticipamos.”3

 

Posteriormente, el inglés Talbot, el francés Juan Nicot, el también francés La Condamine, siguieron investigando en la cuestión de la quina.

 

Concluyendo solo me queda agregar que en casi todos los campos científicos, los jesuitas han sido pioneros.

 

Francisco Pelegrina

 

1. Marcoy, Paul: Viaje por los valles de la quina. Madrid: Espasa-Calpe, 1940, pg. 206

2. Op.cit. p. 206

 

3op. cit.: pág. 207