ÓRGIVA

VISTA PARCIAL DE ÓRGIVA
VISTA PARCIAL DE ÓRGIVA

    La descripción de Órgiva, al igual que la de Lanjarón ha sido tomada de la obra del geógrafo y botánico alemán Moritz Willkomm, titulada Las sierras de Granada, que se publicó allá por el año 1882. Descripción preciosa, romántica y que claramente demuestra el encanto de la ciudad a vista de un “forastero”.

            “Órgiva, la población principal de la Alpujarra Occidental, una ciudad pequeña pero amable, con casas un blancas, que poseen unos terrados rodeados de balaustradas, igual que los pueblos moriscos, se halla indescriptiblemente encantadora sobre una colina plana, en el regazo de una vega bien cultivada, sobre la orilla derecha del Río Grande, cerca de la desembocadura del Río Sucio, procedente de un hondo vale transversal de Sierra Nevada, en medio de un precioso valle e caldera amplio que está rodeado de montañas, altas y pintorescas, con espesos matorrales en su faldas inferiores, quiero decir, al Norte por las ramificaciones de la Loma del Picacho, al Sur, por los cabos de la Sierra de Lújar. Crecen en esta caldera muy hundida, protegida contra casi todos los vientos y por ello muy cálida, todas las frutas del Sur, incluso naranjas. Las faldas vecinas del Cinturón montañoso aquende y allende del río, por encima de los bancales, donde destacan muy numerosos cañamales por su verdor oscuro junto a maizales muy altos, están envueltas hasta muy arriba en el verdor dorado de la vida y sembradas de incontables casitas de viñeros, igual que las laderas de La Contraviesa. El día siguiente, cuando emprendí una excursión al cercano valle del Río Sucio, que me llevó primero por la gran Plaza de la Constitución con casas decoradas de balcones enfilados, tuve ocasión de admirar la increíble fertilidad de los alrededores de Órgiva, ya que en aquella plaza había mercado semanal. Al lado de grandes montones, sobre esteras, de melones perfumados, sandías, pepinos, calabazas de todos los tamaños, formas y colores, tomates y pimientos verdes, estaban a la venta, en estos de esparto, en gran cantidad y de enorme tamaño, distintas clase de higos, almendras, aceitunas verdes, nueces  uvas buenísimas. Al otro lado habían amontonado masas de panochas doradas, y había sacos abiertos o cestas con garbanzos, habas, habichuelas, guisantes, lentejas, con lechuga, rábanos y otras cosas más. En medio de la espaciosa plaza estaban los burros y mulos reatados que habían traído todos estos tesoros en serones abultados, mientras que sus amos, campesinos y campesinas de la Vega, al lado, entre vivas gesticulaciones, gran vocerío y locuacidad andaluza, ofrecían sus productos a los hombres regateantes… Cuando volví a Órgiva, alrededor del mediodía, la plaza se había quedado desierta, pero alguna risa y canto, música de guitarras y castañuelas, que salían de casi todas las “tiendas de vino”, y las acémilas delante de las entradas, indicaba que aún quedaban muchos vendedores en la ciudad…”

 

FOTOS ANTIGUAS DE ÓRGIVA