CUEVA DE LOS MURCIÉLAGOS ALBUÑOL

1. INTRODUCCIÓN

Portada de la citada obra
Portada de la citada obra

   En el año 1868, D. Manuel de Góngora y Martínez (1822-1884) publicaba un libro titulado Antiguedades prehistóricas de Andalucía: monumentos, inscripciones, armas, utensilios y otros importantes objetos pertenecientes a los tiempos más remotos de su población.

  Fue Don Manuel, un auténtico especialista de arqueología, (aunque el fuera licenciado en derecho), tanto es así que, en su biografía de Wikipedia, que aunque breve podéis leer aquí, se le nombra como “inspector de antigüedades”.

    Este libro lo traigo a colación, dado que el citado amigo, personalmente exploró la Cueva de los Murciélagos, en Albuñol, y nos dejó en esta obra todo un reflejo de su investigación sobre la misma.

    He copiado literalmente la parte que habla de dicha cueva, porque he creído que podría interesarle a más de un alpujarreño/ña. También reproduzco las ilustraciones de la misma obra, así como las notas que el mismo puso al texto, añadiendo algún enlace que pueda aclarar vocabulario.

 

     Hago alguna mínima corrección sobre la acentuación o palabras que se han modificado en el castellano actual (ejemplo: exploradores por esploradores).

 

    Entre los preliminares de la obra está la dedicatoria que hace “a la señora Dña. Amalia del Carpio de Góngora”, su esposa. 

 

Es mi deseo que este texto y sus ilustraciones, pueda aportarnos conocimiento de la riqueza que nuestra Alpujarra aportó a los anales de la ciencia, y en este caso concreto a la historiografía española.

 

 

Espero que os guste.

 

 

Francisco Pelegrina López

 

 

2. TEXTO DE D. MANUEL DE GÓNGORA Y MARTÍNEZ, PUBLICADO EN 1868

Albuñol en la actualidad. A la derecha la Rambla Aldáyar
Albuñol en la actualidad. A la derecha la Rambla Aldáyar

Nota: Entre cochetes [...] se ha puesto el número de página del texto original.

 

 En las primeras estribaciones de la Sierra Nevada, cerca de la marina, entre hondísimos barrancos a que dan origen altas y continuadas cordilleras cubiertas de alegres viñedos, y sobre estratos calizos cuajados de petrificaciones, desplega la villa de Albuñol su casas de anfiteatro, rodeadas hacia la parte del Sur por naranjos y limoneros.

 

La no lejana villa de Adra viene a caer mirando hacia el Sudeste, y la fortaleza de la Rábita al Mediodía, ambas sobre el mar; el rio de Órgiva y todo el territorio alpujarreño a quien hizo famoso el levantamiento de Aben-Humeya, corren por el cierzo, y en la banda de Poniente están Vélez de Benaudalla, Motril y Salobreña. [pág. 23]

Albuñol, pues, hállase en la costa de la provincia de Granada; es una de las cabezas de sus partidos judiciales y del distrito marítimo; al de Torbiscón perteneció desde principios del último siglo hasta el primer tercio del actual: durante los reinados de la casa de Austria, era una de las florecientes poblaciones de la taha del Cehel Grande; mientras la dominación agarena veíase enclavada en la cora de Elvira; y si hubo de existir en la edad romana, debió depender de la capitanía y obispado de Abdera, cabeza de los pueblos a quienes llama bástulos Estrabón y lo mismo Ptolomeo (añadiendo éste, que se estimaban penos o cartagineses); lo cuales, según la mejor inteligencia de Plinio, estaban adscritos al convento jurídico de Astigi (Écija). En tiempos remotísimos toda aquella tierra tocaba a los mastienos, como parece del testimonio de Hecateo Milesio, que vivió cinco siglos antes de la era cristiana.

Tiene bastante parentesco el nombre de Albuñol con el de Albuniel, cortijada entre Jaén y Granada, en cuyo sitio he demostrado que estuvo la mansión de Viniolis, conocida por el itinerario de Antonino Caracalla. Y contando los pueblos túrdulos uno llamado Viniolis. ¿no pudo haber otro con igual denominación en los bástulos?

 

Son a la villa de Albuñol amenaza y daño constante, la rambla de Ahijón, en el lado occidental, y la de Aldáyar por el oriente; y forma esta última el arroyo de los Puñaleros, nombre que recuerda los asesinatos de los monfies de las Alpujarras, cuando el rebelión de los moriscos, y el de la Alcaicería, mas bajo, hácia donde nace el sol.

 

Puñaleros, cuyo trayecto es como de una legua, tributa sus aguas a la Alcaicería, que nace no lejos de Murtas y recorre legua y media de áridos barrancos hasta el lugar en que aquel se le une. [pág. 24]

La Rambla del Aldáyar actualmente
La Rambla del Aldáyar actualmente

Acercándose cada vez más aquí las raíces de las contrapuestas montañas, forman un lecho profundísimo al torrente, por lo cual, y en el espacio de casi media legua, se denomina de las Angosturas; las cuales terminan en la rambla de Aldáyar. Esta, después de un curso brevísimo, confunde al Sur de la villa su turbio caudal con el Ahijón, y pierden su nombre ambos torrentes en la rambla de Albuñol, que, después de una legua, lleva también sus aguas al mar, por el lado oriental de la Rábita.

 

En las Angosturas, la compacta caliza de los dos lados se alza formando saltos y precipicios espantosos, como el del Águila; y alguna escasa y bravía vegetación caracteriza más la desnudez de aquellos tajos y derrumbaderos.

Paraje conocido como Las Angosturas
Paraje conocido como Las Angosturas

Caminando desde Albuñol hacia Oriente sin apartarse del lecho de la rambla de Aldáyar y por ásperas cuestas, en espacio de casi tres kilómetros, al salir de una muy corta meseta (fig. 1.ª) 

Figura 1.ª del texto antiguo
Figura 1.ª del texto antiguo

sorprende al caminante la profundidad de un abismo espantoso, en el cuál ábrese con rapidísimo descenso blanca y estrecha senda, como cinta suspendida sobre el precipicio; y por ella es fuerza bajar, si el curioso tiene empeño en ver la ya para siempre famosa Cueva de los Murciélagos.

Figura 2.ª del texto antiguo
Figura 2.ª del texto antiguo

El tajo, por allí de ciento veinte metros sobre el fondo de las Angosturas, como que se complace en mostrar al viajero la negra boca de la caverna, a cincuenta metros del lecho del barranco y sesenta de la meseta, de donde parte la suspendida senda que a la cavidad conduce. Tuerce luego esta pendiente hacia el Sur en sentido casi horizontal., cortada a la siniestra mano por la línea vertical de la roca (fig. 2.ª).

La Cueva de los Murciélagos debe su nombre tradicional a la multitud de los que allí se albergan. [pág. 25]

 

Entre las condiciones características de nuestro montañeses alpujarreños, se distinguen singular afición por lo maravilloso y valor que raya en temeridad. No hay, pues, en el país sitio notable que no tenga su tradición de antigua hazaña, milagro o tesoro escondido por fugitivo morisco, ni nido de águila a donde no llegue la mano de aquellos ágiles montañeses.

 

A la Cueva de los Murciélagos no faltaba, como era natural, su traición de tesoros.

 

En el año 1831, Juan Martín, propietario de las próximas majadas de Campos, logró penetrar en la cueva a fuerza de arrojo y de paciencia, avanzando por las hendiduras y filetes de la roca. Vió que formaba un recinto semicircular, y varios peñascos que obstruían el paso a otro boquete interior, y el suelo cubierto con espesa capa de guano, acumulado allí por los murciélagos durante muchos siglos. Juan Martín aprovechó para sus tierras aquel fecundo abono, y como viniesen poco a poco a ensanchar la senda que al antro conducía, las continuas visitas de amigos y conocidos, llegó a servir la caverna para encerrar ganados.

En este medio tiempo se hubo de encontrar en ella alguna muestra de mineral plomizo, cuya abundancia y riqueza se fantaseó a gusto del deseo, en alas de la afición que tienen aquellos naturales a exploraciones mineras; lo cual bastó y sobró para que en el año de 1857 se formase una compañía, al intento de beneficiar la cueva, como depósito de minerales.

 

Dióse principio a las exploraciones despejando la entrada interior de los peñascos que la obstruían; cuando de repente se ofreció a la vista de los mineros un anchurón, y antes de llegar a el, en una corta mina y en sitio especial [pág. 28] y como privilegiado, tres esqueletos, uno de los cuales, de hombre seguramente, ceñía ruda diadema de oro puro de veinte y cuatro quilates y peso de veinte y cinco adarmes, cuyo valor intrínseco es el de sesenta escudos. Mi distinguido amigo el señor D. Andrés de Urízar, conserva en su poder alhaja tan inapreciable.

 

En su forma extendida la del siguiente grabado;

 

 

y puede verse con su propio color en la figura 1.ª de la lámina I.

Figura 1.ª de la lámina I
Figura 1.ª de la lámina I

El plano (fig. 4.ª), mejor que toda descripción por minuciosa y puntual que se haga, sugerida la idea más exacta de esta caverna, que a veces se estrecha y vuelve a ensancharse, torciendo ya a un lado, ya a otro, con la libertad propia de la naturaleza.

 

 

En dicho plano muestra la letra B el lugar de este hallazgo; la C el sitio donde se encontraron otros tres esqueletos, puesto el cráneo de uno de ellos entre dos peñones, y al lado un gorro de esparto con manchas que estimaron de sangre los exploradores, y tan fresca según ellos, que parecía reciente (Nota 1.ª). 

TEXTO DE LA NOTA 1.ª
TEXTO DE LA NOTA 1.ª

Cronista fiel de los sucesos, me limito a apuntar un hecho que unánimes aseguran los actores y testigos presenciales, todos hombres de conocida honradez. Pero sin que yo le dé crédito ni quiera arrebatárselo, correrá parejas la sangre fresca de la Cueva de los Murciélagos, con la luz perpetua de los quietorios romanos, tan afirmada por unos, tan negada [pág. 29] por otros, siempre de buena fe, y cuya falsedad es incontestable.

El recinto que señala el plano con la letra D, hallaron los mineros doce cadáveres colocados en semicírculo alrededor de un esqueleto de mujer, admirablemente [pág. 30] conservado, vestido con túnica de piel, abierta por el costado izquierdo,  y sujeta por medio de correas enlazadas, mostrando collar de esparto (lám. II, fig. 4.ª), de cuyos anillos pendían sendas caracolas de mar (fig. 5.ª), exceptuando el anillo del centro, que ostentaba un colmillo de jabalí (fig. 6.ª)

 

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Estuvo sin duda adornado el esqueleto con zarcillos de piedra negra, pendientes de otro objeto que no se encontró, pues eran de una sola pieza sin interrupción ni entrada.

 

El esqueleto de la diadema vestía corta túnica de tela finísima de esparto (Lam. II, fig. 5, 6, 8 y 10),

 

 

sendos gorros de la propia materia (fig. 1.ª, lám. II),

alguno primorosamente labrado. Había junto a los esqueletos cuchillos de esquisto, [pág. 31] (fig. 7.ª),

instrumentos y hachas de piedra, (fig. 8.ª 9.ª y 10); cuchillos y flechas con punta de pedernal (fig. 11 y 12)

pegadas a toscos palos con betún fortísimo, hasta el punto de romperse antes el asta que el betún; muy bastas, pero cortantes armas de guijarro (fig. 13),

y otras guardadas en bolsas de esparto; vasijas de barro, como el que se encuentra en otras sepulturas del reino granadino, de que hablaré después; un gran pedazo de piel extremadamente gruesa; cuchillos y punzones de hueso, (figs. 14, 15 y 16)

y cucharas de madera trabajadas [pág. 32] a piedra y fuego, con el cazo ancho y prolongado y el mango sobremanera corto, y con un agujero para llevarlas colgadas (fig. 17) [pág. 33]

 

En diferentes parajes de la cueva y especialmente en el punto E del plano citado (fig. 4.ª, página 30),

encontraron los exploradores sobre cincuenta cadáveres, todos con sus calzados [1] (lám. II, núm. 3, y fg. 18),

 



[1]Representamos en el grabado núm. 18, puesto en el pié este calzado para que se forme de él más completa idea.

y trajes de esparto, a estilo de las cotas de malla (lám. II, números 7 [pág. 34] y 9, sendas armas de piedra y de hueso como las  ya descritas, y un alisador de piedra (fig. 19).

Cerca de si tenía cada cual de los tres esqueletos, que estaban en el sitio determinado con la letra C en el plano, un cesto o bolsa de esparto, cuyo tamaño variaba de seis a quince pulgadas (lam. I, núm 5 y 6, fig. 20),

dos llenos de cierta como arenosa tierra negra, que tal vez fuera alimentos carbonizados por la acción del tiempo, y otros varios cestillos o bolsitas con mechones de cabellos o flores, o gran cantidad de adormideras y conchas univalvas.

¡Descubridores felicísimos, ignorantes del verdadero tesoro con que os brinda la fortuna, respetad este asilo de la muerte; deteneos un instante, no paguéis tributo a la común ceguedad: por breves horas dejad que la ciencia observe y anote uno por uno los objetos, la posición de los cadáveres, la traza y media de los trajes, el lugar [pág. 35] de las armas, la forma de los utensilios de barro y que pueda sacar consecuencias firmes y decisivas acerca de la raza, de la religión, de las prácticas funerarias, de la indumentaria, de la religión, de las prácticas funerarias, de la indumentaria, de la cerámica de esta gente desconocida! La sequedad del lugar, el nitro de que estaban revestidas las paredes u otro agente difícil de señalar, habían conservado perfectamente los cadáveres, trajes, y utensilios. Más de cuarenta siglos han respetado esta necrópolis. No la despedacéis vosotros en un día como dementes e insensatos. ¡Más, ay, que poco saben los hombres de lo que vale mucho, y de lo que nada vale!

           

 Los esqueletos estaban cubiertos de carne momia; las vestiduras y los cestos conservaban sus primitivos colores.

La Caverna de los Murciélagos hubiera sido un libro abierto y de fácil e inapreciable lectura. Mas por desgracia los mineros solo buscaban metales; considerando las hachas como piedras de toque, y encendidos en codicia por la diadema de oro, todo lo volcaban, confundían y despedazaban frenéticos, vaciando cestos y rompiendo jarros, desarticulando cadáveres y lanzando tan preciosos despojos por el derrumbadero a la profundidad del barranco. El Sr. Urizar pudo adquirir, además de la diadema de oro, tres instrumentos de piedra. A la generosidad del Sr. D. Juan de Rivas y Ortiz, que ha enriquecido mi trabajo con láminas bellísimas, debo nueves cesto, de los cuales son los citados ya en la primera lámina; una especie de patera de barro, un gran cuchara de madera (fig. 17);

un cuchillo de hueso con agujero para llevarlos colgado; (fig. 14), un pequeño disco de barro (fig. 21), y varios mechones de cabellos y semillas de adormideras, depositados en los cestillos como tierna memoria. [pág. 36]

 

En marzo de 1867, traté yo de visitar la caverna, como lo hice en compañía de D. José Antonio Sánchez, vecino de Albuñol, de mi fiel dependiente José Cuadrado, y de un trabajador práctica en aquellos parajes. Encontréme con que desesperanzada de hallar otro y plata la empresa minera, se había limitado a beneficiar el nitro que en la cueva tanto abundaba, cuidando de ensanchar la vereda (letra A del plano, página 30),

 

para seguridad de los operarios. Tenía colocados los pilones donde elaboró esta sal en el filete del mismo precipicio; a su lado, el depósito del agua y una caldera; los útiles, acá y allá esparcidos. Reparé en la caldera, estanque y pilones una espesa capa formada por los residuos de los trajes y por las cenizas de aquellos esqueletos, que había machacado ánimo codicioso para obtener la mayor cantidad de nitro posible. No de otra suerte avaro mercader profana y desenvuelve los sepulcros egipcios, no violados en treinta siglos, y los recientes enterramientos cristianos de Crimea, con el mezquino fin de que a interesable industria sirvan la noble industria antigua y los humanos despojos.

            Ávido registré aquella caverna en sus diversos senos, sintiendo vivo gozo cada vez que entre las grietas topaba con algún resto más o menos conservado de huesos, trajes y utensilios; y al instante, armado de brújula, y cinta de medir, Púseme a sacar un plano de cavidad tan curiosa.

 

Es necesario tener un corazón de risco u otra imaginación que la que el cielo nos dio a los meridionales, para contemplar insensibles aquella soledad, aquellos elocuentes [pág. 37] vestigios de los primitivos tiempos; aquella naturaleza tan desnuda, pesadas moles, hondos precipicios, asilo propio de las aves y fieras. En el opuesto lado del barranco observaba yo frecuentes cuevas: ¿no servirían de morada quizá, o de sepulcro también en edad remotísima a los primeros habitantes? Allí frontera se alza una piedra aislada de siete metros de altura, con una gran cavidad (fig. 22)

 

¿Será capricho de la naturaleza, monumento sagrado del hombre primitivo o ambas cosas a la vez? ¿Quién, sino para el frío silencio de la muerte, puedo elegir aquellos áridos y miserables lugares, cuando tres kilómetros escasos distan de allí las hermosas vegas de Albuñol, y apenas una legua la alegre y florida orilla del Mediterráneo? Más, por acaso, ¿allí vino a encastillarse una tribu, antes poseedora de las vegas  playas, arrojada de sus dominios por otra más poderosa y fuerte, morando viva y descansando muerta en tan duras guájaras y [pág. 38] fragosidades? Como no tiene puertas el campo de la conjeturas, sería malograr el tiempo si tratara de perderme en ellas. Sin embargo, séame licito discurrir lo que pueda buenamente acerca de estas antigüedades, que hoy tanto preocupan a los doctos. Pero concluyamos antes la descripción de la cueva.

 

            Primeramente ofrece la compacta caliza de la forma, después del primer boquerón, un callejón estrecho y cortado por profundos escalones (Letra B del plano, pág. 3), ensancha ascendiendo a mano derecha; pero comiénzase luego a bajar de una manera violenta. En seguida encontramos dos grandes recintos, y otro mayor al final que se levante en su extremo izquierdo. Hállase el pavimento en algunos parajes obstruido con grandes piedras y sembrado de polvo imperceptible, efecto del salitres y de los despojos humanos; el cual, removiéndose al pisar, dificulta la respiración sin que valgan las mayores precauciones. E techo de la cueva está formado por no interrumpida y menuda estalactita. [pág. 39]

 

En diversos lugares de la caverna encontré todavía restos de objetos antiquísimos propios de aquella necrópolis; entre ellos paréceme notables el fragmento de utensilio de barro (fig. 23),

 

asiento de vasija, cuyo adorno consiste en fila de agujeros formados con una punta que atravesó el reborde inferior; un pedazo del costado de otro, vasija con asa y adornos (fig. 24);

el borde de otro con impresiones ungüiculares (fig. 25); otro con adorno idéntico al de la anterior, y pitón para verter el  agua [pág. 40] (fig. 26);

un redondel, que tanto puede ser la parte central de un escudo, como el asiento de una cesta de esparto (fig. 2, primera lámina), semejante en su tejido a las que hoy mismo labran con paja de centeno las lugareñas de la Alpujarra; los dos utensilios de esparto dibujados en los números 3 y 4 de la lámina primera;

el calzado ya citado (fig. 3, de la lámina II); tres fragmentos de túnica y algunos huesos humanos y de otros animales, y cráneos rotos (figs. 27, 28, 29, 30, 31 y 32); [pág. 41] estos principalmente en la parte marcada al final del plano con la letra E. No hay que ponderar el cuidado con que recogía yo estas preciosas reliquias. [pág. 42]

 

 A pesar de mi diligencia, la colección de barros que pude formar fue en realidad poco importante. El deseo de completarla y el no poder abandonar las obligaciones de mi cátedra, me decidieron a hacer el sacrificio de enviar a mi hijo mayor Fernando a las Angosturas de Albuñol, con el encargo de dirigir excavaciones en los escombros ocasionados por los mineros. La inquietud y la zozobra del padre que manda un hijo a sitio peligroso y arriesgado, se convirtió en alegría cuando le vi volver [pág. 43] trayéndome una preciosa colección de barros de diversas formas y con interesantes labores y figuras (fig. 33 a 52, inclusive).

 

De ellos unos estaban endurecidos al sol otros cocidos al fuego. Ostentaba este un fino reborde, [pág. 44]aquel sencillas líneas perpendiculares; otro adornos en forma de pabellón; asas variadas, ya dobles ya sencillas, para levantar la vasija o para suspenderla con cuerdas, en posición horizontal o perpendicular; caprichosas líneas, [pág. 45]que tanto pueden ser letreros como adornos, y extraños pitones para beber o para verter los líquidos. Al propio tiempo me trajo otra no menos importante colección de telas (Lám. II, figs. 6, 8 y 10),

 

 

y calzados de esparto, alguno de ellos en el estado más perfecto de conservación (fig. 3 de la segunda lámina).En la cueva encontró una punta de flecha (fig. 11), [pág. 46]

dos hachas de piedra arcillosa (fig. 53), dos pedazos de anillos de mármol blanco (fig. 54 y 55), y un cuchillo de pedernal (fig. 56) del que quiero hacer especial mención.

Primorosamente cortado, es plana una de sus caras, mientras que la otra aparece dividida a lo largo en tres partes; de las cuales, la central es la más ancha. Está este arma algo torcida, curvadura que se explica por la naturaleza de la piedra y la manera de fabricar estos instrumentos. Los dos lados forman filo cortantísimo, y toda ella está pulimentada.

 

Me contentaría con dibujar este ara dando simplemente noticia de su hallazgo, pues son infinitas las que tal clase que a toda hora se encuentran en Andalucía. Pero por las circunstancias de los descubrimientos y sitios, quiero decir aquí de algunas otras que he adquirido. Las tengo iguales o muy análogas: las de Atarfe, barranco del Lobo, cerca de la carretera de Pinos Puente, donde se hallaron más de setenta, juntas todas, y de las mismas labores. De la Mina del Polvo, en la Sierra del Rayo al Noroeste de Hiznalloz. De una caverna que hay en el cerro del Mesto, un cuarto de legua al Norte de Diezma (fig. 57) De Huélago, en el distrito de Guadix. De varios sepulcros [pág. 47]

Primorosamente cortado, es plana una de sus caras, mientras que la otra aparece dividida a lo largo en tres partes; de las cuales, la central es la más ancha. Está este arma algo torcida, curvadura que se explica por la naturaleza de la piedra y la manera de fabricar estos instrumentos. Los dos lados forman filo cortantísimo, y toda ella está pulimentada.

 

Me contentaría con dibujar este ara dando simplemente noticia de su hallazgo, pues son infinitas las que tal clase que a toda hora se encuentran en Andalucía. Pero por las circunstancias de los descubrimientos y sitios, quiero decir aquí de algunas otras que he adquirido. Las tengo iguales o muy análogas: las de Atarfe, barranco del Lobo, cerca de la carretera de Pinos Puente, donde se hallaron más de setenta, juntas todas, y de las mismas labores. De la Mina del Polvo, en la Sierra del Rayo al Noroeste de Hiznalloz. De una caverna que hay en el cerro del Mesto, un cuarto de legua al Norte de Diezma (fig. 57) De Huélago, en el distrito de Guadix. De varios sepulcros [pág. 47]

muy parecido por cierto a los que se encuentran en la cueva de Albuñol, cinco cuchillos, cuatro de pedernal y uno (fig. 60) del hermoso jaspe amarillo cuya cantera se encuentra en el Cabo de Gata, un arma de hueso (fig 61) como la que se dibujó en la fig. 15 de la página 33, y el bruñidor de la fig. 59, que parece sacado de un trozo de marfil fósil. Los objetos todos pertenecientes [pág. 49]

a este encuentro de Almería, han venido a enriquecer mi colección por generoso desprendimientos del Sr. D. Remigio Salomón, distinguido anticuario, magistrado de la Audiencia de Granada y mi buen amigo.

 

 

Séame lícito ya sentar algunos hechos referentes a la vida y usos de estos antiguos habitadores de la Bética, deduciéndolos de los datos que ofrece el importantes descubrimiento de Albuñol.

1.º El cuidado con que guardaban sus cadáveres revela en ellos la creencia de la inmortalidad del alma, y en una resurrección y vida futura; sin que nada indique ni en su necrópolis, ni en aquellos alrededores, un culto sanguinario como de de los druidas. La religión de estas tribus debía ser natural y sencilla, como sus primitivas costumbres.

Tanto esmero en conservar los cadáveres ha de estimarse común a varias naciones antiguas, lo mismo que el dejarlos secar, casi universal costumbre en las islas oceánicas.

Largos siglos de fecha cuenta el uso de depositar en cuevas los muertos, prefiriendo para ello las colocadas en medio de grandes precipicios. Ctesias nos ha conservado la memoria de un suceso curiosísimo ocurrido cerca de seis siglos antes del nacimiento de nuestro Redentor. Darío, hijo de Hidaspes rey de Persia, hizo construir en el tajo de un monte de dos cimas, tumba para sus padres, labrando la boca de cierta cueva, de modo que resultase con apariencia de magnífico edificio. Concluida la obra, él y sus padres entraron en deseo de verla por dentro: [pág. 50] opusiéronse los sacerdotes; Darío cedió, pero sus padres no resistieron a la curiosidad de conocer la habitación mortuoria que se les había preparado. No podía subirse a la puerta del monumento sino tirando de cuerdas desde la cumbres de la montaña. Labrose aparato apropósito; cuarenta sacerdotes le levantaban desde arriba ocupándolo los padres de Dario, cuando a deshora aparecen dos serpientes. Los sacerdotes se intimidan, sueltan los cables, y los dos príncipes perecen míseramente. Su hijo los vengó derramando la sangre de aquellos desdichados sacerdotes. Hoy todavía, en la mitad de la roca, se muestra al viajero esta tumba en Persia con el nombre de Nakchi-Rustam; y se ven otras cavernas en lo inaccesible de los tajos que recuerdan la antigua costumbre pérsica de no enterrar ni quemar los cadáveres, para no manchar la tierra ni el fuego, que Zoroastro aconsejaba se procurasen conservar siempre inmaculados y puros. Sin duda que esta tradición arrancaba de costumbre más antigua, habiéndola también ostentado el pueblo hebreo.

La cueva de los murciélagos y varios de los objetos encontrados en ella, nos traen sin embargo a la memoria, más bien las cavernas sepulcrales de los antiguos guanches, situadas en la pendiente oriental del pico del Tenerife.

 

En fin, paréceme que los peñones que obstruían la entrada de la cueva no estaban allí amontonados al acaso, antes bien constituían un cerramiento artificial con objeto de impedir a las alimañas profanar los humanos despojos en aquel lugar depositados.

2.º. Estas gentes debían ser trogloditas (nota 2)

como tantos otros pueblos de España en los tiempos antiguos y [pág. 51] modernos: los caracitanos, por ejemplo en la época romana; hoy los de la Guardia, en la provincia de Toledo; y algún barrio de la misma ciudad de Granada.

 

3.º Las armas y herramientas de ellos eran puntas de pedernal, hachas y cuchillos o raspadores de serpentina o javalina, convenientemente afiladas; punzones de hueso y otros utensilios de esta sustancia y de madera. Los mineros y peones de Albuñol al revolver la cueva, preocupados con la riqueza metálica, supusieron que estas hachas eran piedras de toque, así como el vulgo las cree piedras de rayo en otras partes. 

4.º Usaban vasijas de barro de varia hechura y toscamente labradas: unas en forma de patera (fig. 62);

oblongas otras, con un escaso reborde en el asiento; ligeramente cóncavas y prolongadas; con borde liso o pequeña vuelta en la parte superior; con asas poco salientes, o sin ellas (fig. 33 a la 52), y adornos de una extrema sencillez.

5.º No conocieron ni el cobre ni el hierro, ni las piedras preciosas; pero si el oro, de que es nuestra interesantísima la corona o diadema ya citada. Seguramente que la hidalguía ingénita del oro nativo debió fascinar sus ojos. ¿Repararían en alguna pepita de este metal, brindada con espontaneidad por las arenas de los arroyos; y machacándola [pág. 52] con una piedra, serviría de diadema y distintivo al caudillo de aquellas gentes?

 

El conocimiento del oro antes que el de los demás metales no tiene nada de singular en la cueva de Albuñol, pues ya llama sobre él la atención el sabio inglés Lubbock en el libro sobre el Hombre antehistórico (cap. I), obra que tanto ha contribuido a popularizar estos conocimientos, sobre todo desde que fue traducida al francés por Mr.. Barbier. Natural es, en efecto, que presentándose el oro en estado de pureza o nativo, con más frecuencia que ningún otro metal, y siendo el más dúctil y maleable de todos los usuales, fuese también el primero que apropiase a sus necesidades el hombre primitivo. Las pajas, los granos y las pepitas de este metal, las da la naturaleza, desembarazadas ya de lo más grosero de su ganga en los cauces de los ríos y en los aluviones antiguos, en cuya exploración se ejercitan hoy los pueblos más atrasados del África y la Oceanía. Los Igorrotes de nuestras islas Filipinas saben hasta beneficiar los filones auríferos y fundir el metal, que expenden, contenido en pequeñas conchas.

 

Nada tendría de extraño, aunque no hubiera estos precedentes, que el aprovechamiento del oro contase tan remota fecha en España, donde refiere Estrabón (III) que los fenicios lo encontraron tan abundante, que lo cambiaban a bajo precio por aceite en la costa de Andalucía; y de donde, según Plinio (VI, 38), sacaban los romanos más de 20.000 libras anuales, suministradas en su mayor parte por las prodigiosas labores que aun puede el curioso visitar en las montañas del Bierzo. Silio Itálico, Lucano, Claudiano, celebran en sus versos el oto de diferentes puntos de la Península; y si hoy todas las explotaciones de oro reunidas no parece que exceden en ella de cuatro [pág. 53]

 

mil duros de valor, es debido en primer lugar a que la mano de obra tiene ahora un precio considerable con relación a aquellos tiempos, y en segundo a que los criaderos más beneficiosos se agotaron por los antiguos. Esto no impide que alguna vez se encuentren pepitas como la que se recogió en 1842 en Navelgas (Oviedo), en forma de placa, de 54 onzas de peso. Las aguas que bajan de Sierra Nevada llevarían al alcance de nuestros aborígenes el oro, que ha dado poética fama y nombre al Darro.

 

6.º Sabían adobar las pieles y labrar primorosos y variados tejidos de esparto; de esta fibra hacían el calzado, muy semejante a las llamadas agovías y esparteñas, que aun usan las clases pobres de aquellos alrededores; y de la misma tela vestían túnicas; completando su traje gorros también de esparto, ya semis-esféricos, ya terminados en punta.

Adornábase con collares de la misma materia que el calzado, las túnicas y los gorros, formando eslabones como de cadena, de los cuales pendían caracolillos. Usaban grandes zarcillos de piedra, negros y blancos. Y se adornaban con dientes de jabalí toscamente labrados, como el que representa la fig. 6.ª

 

También eran de esparto las bolsas que llevaban pendientes al costado, pasando una cuerda por dos agujeros guarnecidos de piel finísima (fig. 20)

Sabían asimismo teñir el esparto de sus trajes y utensilios, en los cuales aun se distinguen los colores rojo y verde. Y aunque algunas telas manifiestan estar labradas a mano con habilidad, otras ha sido tejidas con adornos y cenefas en un telar vertical, como eran los más antiguos; (pág. 54] de lo cual veo un vestigio en el disco de barro (fig. 21), 

que debe ser uno de los pesitos (Pondera de los romanos) que mantenían tirante la urdimbre [Séneca epist. 91, Plinio Historia natural, XI, 24]

 

Mucho se equivocan, pues, los que creen invención cartaginesa el uso del esparto para el cordaje, cuando aquí le vemos tan general y primorosamente aprovechado. La Nueva-Cartago debió a este precioso textil su sobrenombre; y por la materia con que se fabricaban las cuerdas para medir los campos, díjose Sparta cierta suerte de tierra. Aunque equivocándose en el principio de su uso, Plinio dice (Historia Natural, XIX, 7) que “del mismo textil los habitantes de la Citerior hacían camas, fuegos, antorchas, calzado y vestido para los pastores,” quizá recuerdo de una costumbre más general, abandonada ya por las personas de condición elevada.

7.ª Consistían las ofrendas funerarias de los primitivos habitantes de las Angosturas de Albuñol, tan pobres, sencillas, poéticas y elocuentes como presumo que serían sus costumbres pat4riarcales, en flores, pequeñas plantas, caracolillos y conchas, fragmentos de piedras vistosas o trasparentes o teñidas de vivo color por la naturaleza misma; y en mechones de pelo de las personas queridas: todo como prenda de recuerdo y amor. Acompañábanlas con especialidad multitud de cabezas de adormideras, símbolo del sueño, imagen de la muerte: tanto se descubrió dentro de pequeñas bolsas de esparto, al lado de cada cadáver. Conservo en mi poder once de aquellas bolsas con varios de esos objetos, y sería curioso recoger la semilla de tan antiguas adormideras para sembrarlas hoy; pues si [pág. 55] por aventura conservan su facultad germinadora, repetiríase el ejemplo del trigo extraído de las tumbas egipcias. Los romanos estimaban en mucho las adormideras españolas bajo el nombre de papaver ibericum; y obtenían de ellas un opio muy poderoso, de cuya virtud se valió licinio, caballero romano, para dar fin con sueño eterno a sus perpetuas y molestas enfermedades.

 

 

Pocos desgraciadamente, pero de valor indecible, son los objetos que ha podido salvar y describir de la cueva de Albuñol. ¡De qué riqueza histórica sería poseedora España a conservarse el verdadero y desconocido tesoro, allí por mas de cuarenta siglos encerado! Más ya que no se haya explorado hasta ahora otra habitación o enterramiento de tan remotas y primitivas edades, para que pudiéramos discurrir más larga y provechosamente, no será fuera de propósito dar aquí noticia de cuevas análogas, hasta antiguas, en el territorio granadino. [pág. 56]