ROMANCE DE LA CRISTIANA

I

 

Relatábame mi abuelo,

que el suyo a él le contaba,

la historia de de una mozuela,

que vivía en un majada,

junto al río Guadalfeo,

donde guardaba sus cabras,

y donde cada mañana,

tranquila pastoreaba.

  

Soñaba la rapazuela,

con galanes y escapadas,

pensaba que su alegría,

nadie sabría disfrutarla,

y que pasaría la vida

como sus antepasadas.

todos los días su madre,

a Faghira le gritaba,

 

reclamándole presteza,

para abandonar su cama.

¡levántate ya, deprisa!

Furiosa le conminaba,

y con pena en su semblante,

la niña se levantaba,

y sobre el valle tranquilo

con su zurrón y sus cabras,

 

pasaba el día soñando,

con su galán de montaña.

Advertíale su madre,

al salir cada mañana,

si te preguntan tu nombre

¡Ahora tú, te llamas Ana!

Pero un día soleado,

cuando sus cabras pastaba,

 

oyó acercarse el ruido,

de cascos de bella jaca,

enjaezada con esmero

y con garbo manejada,

montada por un mozuelo

de bella tez y espigada,

su silueta en el aire

parecíale que flotaba.

 

II

 

 

Bájose el mozo muy presto

cuando a su altura llegaba

y clavándole los ojos,

le dijo con mucha gracia:

¡Esplendorosa doncella!

¿Dónde puedo beber agua?

y Faghira con vergüenza

la mirada retiraba.

 

Mientras le dijo el galán

llamarse Aben el de Adra,

acercándole su mano

para que se la estrechara,

ella le cedió su diestra,

y el contacto provocara,

en su cuerpo escalofrío

y en su ser entero pasma.

 

Ella le indicó el camino,

de la fuente más cercana,

y retirando la mano,

casi un suspiro soltara,

mientras el joven seguía

con la mirada clavada,

en sus ojos cristalinos,

soñadores de esperanza.

 

Lentamente se alejó,

buscando las aguas claras,

de la fuente Las Piletas,

en el término de Alcázar.

Ella le siguió mirando,

mientras él se retiraba,

pensando que volvería,

otra vez a saludarla.

 

Volvió al rato y al oído

de la incrédula muchacha,

preguntóle despacito:

¿Quieres venirte en mi jaca?

Ysin dejar responderle,

a su última palabra,

le dijo a continuación:

te llevaré a la abundancia,

 

¡A un mundo de maravillas!

donde puedan tus palabras

desear y ser oídas,

y por todos respetadas.

Tú serás la reina mía,

de mi tierra y mis estancias,

la madre de los mis hijos

la esposa de mis entrañas.

 

Ahora marcho, ¡no respondas

a estas sinceras palabras,

ya volveré y con el tiempo,

responderás con más pausa!

Pero antes de irme quiero,

saber tu nombre, cristiana, 

que debe de ser tan vivo,

como el sol de las montañas.

 

¡Dimelo!, para que nunca,

pueda olvidarme tu cara.

Ella respondió despacio,

mi nombre se dice: Ana.

Marchó raudo con el viento,

y perdióse en las montañas.

El tiempo rodó más días,

Faghira, le recordaba.

 

Aquel roce de sus manos,

con las de Aben el de Adra,

aquellos ojos zaínos,

que le llenaron el alma,

pensando que ya jamás

volverían a mirarla,

pero a pesar de su pena

todas las noches soñaba,

 

con aquellos brazos fuertes,

que manejaban la jaca.

Con la promesa que el aire,

cada día le recordara.

Cuando soñaba Faghira,

su trabajo descuidaba,

y su madre le decía,

¡Ya estás otra vez pasmada!,

 

Ella miraba a lo lejos,

las lomas escudriñaba,

y a veces creyó que oía,

los casos de aquella jaca.

Pasaron dos primaveras,

y de Granada llegaban,

noticias malas que llaman

en los papeles “pragmáticas”,

 

ya que obligaban a todos,

a renunciar de sus casas,

de su fe, de sus amigos,

y bautizarse en la gracia.

Ya por entonces Faghira,

su nombre moro ocultaba,

y para todo vecino,

su nombre solo era Ana.

 

III

 

Cierto día descansando,

bajo una higuera temprana,

oyó como cascabeles

colgando de alguna jáquima,

de las que lucen las bestias,

en las fiestas, enjaezadas.

Dióse media vuelta y vió,

acercarse con su jaca,

 

el mismo Aben que ofreciera,

en su pasado esperanza.

Acercóse hacia la higuera,

donde ella descansaba,

y saltando con soltura,

Junto a Faghira ya estaba,

Tan cerca que ella dudó,

si correr o estar parada.

 

Aben le cogió la mano,

temblorosa de cristiana,

y mirándole a los ojos,

pronunció sabias palabras,

que trajeron a la mente

de Faghira la esperanza:

¡Mañana vendré a la tarde,

cuando el sol de la bajada.

 

En el cruce de la cuesta,

esperaré con mi jaca.

Solo tendrás que traerte,

lo puesto y alguna hogaza,

Para venirte conmigo

por Sierra y la bajada,

hasta la costa que tengo,

una barca en la ensenada. 

 

Ya desde Gualchos iremos,

hasta la misma Rijana,

donde con suerte tendremos,

los vigilantes en pasma,

porque seguro llegamos,

pasada la madrugada.

Será duro el mar y luego

todo tendrás a tus plantas

¡Palacio, tierras, sirvientes

toda mi vida y mi alma!

Y sin miedo ya podrás

dejar de llamarte Ana.

 

IV

 

Mi abuelo después me dijo,

que realizaron la hazaña,

pero que al salir la noche,

se puso niebla cerrada,

les llevó mal y chocaron,

con una roca dentada.

Los dos lucharon a muerte

y Aben hizo por salvarla.

 

El mar siempre traicionero,

con algún dios se aliara,

y murieron intentando

regresar hacia la playa.

Y ahora cuando tu visitas,

por las noches La Rijana.

Si el día se pone pardo

y cubre de nieblas blancas,

 

te llega olor a jazmines

y aparecen las dos almas,

mirando con alegría,

siempre para las montañas.

Y puede verse entre nieblas

escrita en grandes palabras:

¡El cielo baja a la tierra,

al divisar La Alpujarra!

Francisco Pelegrina