LA MATANZA

I - El cortijo; II - Los chiquillos; III - El marrano

I – El cortijo

 

 

            Unas casas de piedra y mortero (no más de ocho o diez) como mucho de dos plantas, acompañadas casi todas por una cuadra y con un pajar, blanqueadas, ventanas pequeñas en su mayoría de madera, con reja simple en forma de cruz; terrados de launa aterronada y cada casa con su chimenea; una calle polvorienta en verano, sin ningún sentido de la arquitectura, de no más de doscientos metros de larga y poco mas de dos o tres de ancha, separa las viviendas. La calle en invierno –como es ahora- se llena de barro, abundan las marcas de herraduras, de botas de agua, de albarcas y de alpargatas.

 

            La escuela que nunca se ha llenado, consistente en una habitación rectangular con cabida para treinta o cuarenta niños, el mobiliario lo componen cinco filas de pupitres con cuatro asientos a cada lado del pasillo central. El lado de la derecha, según se entra, para sentarse los niños y el de la izquierda para las niñas. Una tarima de madera que alguna vez fue pintada porque aún conserva restos de pintura entre las rendijas de unión de las tablas, y una mesa medio derrengada, con un calzo de madera en una de las patas, para evitar que cojee. Un crucifijo con bastante polvo, porque solamente se limpia una vez al año debido a la altura en que fue colgado, y junto al crucifijo la fotografía en blanco y negro del Generalísimo. Frente a la tarima del maestro dos mapas de España de tamaño mural, uno físico y otro político. La escuela se blanquea una vez al año, y gracias a ello se conserva muy blanca. Cuando hay maestro, -cosa que no siempre sucede- o maestra, algunos meses al año, hay que dejar la puerta abierta, porque carece de ventanas, y es la única forma de que llegue la luz hasta los pupitres.

 

            El cortijo se mantiene como se mantienen sus habitantes: con más penuria que derroche, con más pobreza que disfrute, con las noches solamente para descansar, y los días para las faenas del campo. Ahora en invierno, no hay muchas tareas porque ya se han podado las viñas y se han limpiado los almendros, así que, es la ocasión propicia para traer esparto de los calares, y hacer pleita para los aperos de los mulos, siempre hace falta alguna cincha, una espuerta nueva o un serón que sustituya al viejo. Así que muchos días de invierno, transcurren para los cortijeros, sentados al calor de la chimenea trabajando el esparto, o haciendo astillas de algún almendro para mantener la chimenea, mientras que las mujeres siguen con todo el mantenimiento de las casa y la familia, No sólo hacer la comida, -inventándose mil trucos para completar la olla-, que a veces resulta difícil, sino que siempre hay algo que remendar, o que coser en la ropa de los niños, y si se consigue alargar el día también se pueden coger las agujas del punto y preparar calcetines o abrigos de lana. Como tampoco hay panaderías, es necesario preparar el horno cada diez días para hacer el pan, o traer hierba para las cabras, y por supuesto hay que ir a la fuente a por agua. Si tienes unas aguaderas de cuatro cántaros el viaje es fructífero, pero si solo es de dos cántaros, hay que ir con más frecuencia.

 

 

II- Los chiquillos

 

            También cuando ya se acerca la Navidad, se prepara en todas las casas la matanza, ya han llegado los fríos y es la ocasión propicia para que se puedan colgar en las cámaras, las chacinas, los tocinos y jamones bien salados para que no los caguen las moscardas.

 

-          Madre dijo que no nos levantáramos.

-          Pues yo si me voy a levantar. Ya se siente gente.

-          ¿Y si te pega?

-          Cuando hay gente no nos pega, solo nos dará alguna voz. ¡Venga! No seas gallinica.

-          ¡Bueno!, pero si me dice algo yo le digo que tu has tenido la culpa.

-          ¡Claro!, ya se que eres un acusica. ¡Eres más tonto que Abundio! Yo quiero ver el marrano, y no me voy a esperar, si tú quieres quedarte acostado, ¡haz lo que quieras!

-          Bueno, espera y me voy contigo. No encuentro la abarca, ¡ayúdame!

-          Mira debajo de la cama, seguro que está ahí. ¡Lo ves!

-          ¿Está la puerta abierta?

-          Si, esta entornada, pero es de noche, no se ve nada. Ya están ahí casi todos, Padre está hablando con el primo Manolo, y Juan “El jornales” también. Están todavía con las copillas del aguardiente y comiendo “cohetes”.

-          ¿Entonces salimos ya?

-          ¡Claro! no nos vamos a quedar aquí.

-          Ve tu primero, yo no se si…

 

            Los dos hermanos salieron despacio, evitando hacer ruido, con una sigilosidad extrema y lentamente avanzaron hacia el grupo formado por cinco hombres y algunas mujeres, entre ellas la madre de los dos canijos. El pequeño se había puesto el jersey del revés. Dos candiles yacían sobre dos tachuelas colocadas adrede el día anterior -a unos dos metros del suelo- sobre la pared, y un quinqué de petróleo, -como luz principal- difuminaba sus tenues rayos desde un poyete adosado a la casa más cercana hacia la mesa preparada para matar el marrano. La mañana no era fría del todo, pero las nieblas bajas que subían de la costa, parecían nacientes de las viñas y hacían que la visibilidad resultara escasa. A pesar de ello, en el cielo se veían muchas estrellas, y en el horizonte asomaba ya el lucero del alba.

 

-          ¡Anda! Mira quien tenemos aquí, dos ayudantes más –dijo el primo Manolo-.

 

            Mi madre nos miró de reojo, y no pudo dejar de hablar enfurecida, mientras nosotros no acabábamos de acercarnos a donde ella estaba.

 

-          ¡Pero mira que se lo dije!, y les ha faltado tiempo para ponerse en medio. Acostados teníais que estar, a ver que hacéis ya levantados, ¡estorbar!, nada más que para estorbar.

-          ¡Déjalos!, es bueno que vayan aprendiendo, ya mismo serán ellos los que preparen la matanza, y nosotros seremos los que estorbaremos -terció Juan “El jornales”-

 

            Mi padre no dijo nada, nos miró y a mi hermano le pasó la mano por la cabeza, y le revolvió los pelos.

 

-          Ven –le dijo- mientras le sacaba el jersey de lana y le daba la vuelta.

 

            Aquello me tranquilizó y pude ver que ya no nos regañarían más por ahora, y que tendríamos la posibilidad de ver sacar el marrano y ayudar aunque fuera sujetándolo del rabo. Yo me llamo Jesús como mi padre, ya tengo nueve años y mi hermano seis, pero a mí ya no me da miedo acercarme al marrano,  porque cuando traigo la hierba del campo, me acerco y se la pongo en la pileta yo solo. Aunque ya no tengo que ir más a por hierba hasta que mi padre traiga de la feria otro marranillo para el año que viene. Mi madre decía el otro día que teníamos que hacer pronto la matanza, porque ya no teníamos casi nada que comer, y mi tía Jacinta de vez en cuando nos tiene que dar algo para preparar la comida. Como ella tiene un huerto más grande que el nuestro, pues de vez en cuando le da cosas a mi madre. Ahora en invierno nos da muchas naranjas. Mi tía Jacinta es muy buena persona. También dice mi madre que en la tienda de Santiago, en el pueblo, debemos ya casi trescientas pesetas, y que cuando hagamos la matanza, venderemos los jamones y podremos pagarle. Las paletillas las dejamos para nosotros, y también el tocino, que es lo que más luce –dice mi madre-, porque aguanta todo el año.

 

            -¡Buenos días a todos! -dijo Luis “El mellizo”, acercándose hacia nosotros-

-¡Buenos días, Luis!, -respondió mi padre y los demás- devolviéndole el saludo.

 

            Después dirigiéndose a nosotros dijo:

 

            - ¡Mira, que madrugadores! ¿Estáis preparados ya para sujetar al bicho?

 

            Yo dije que sí con la cabeza, y mi hermano Diego, se acercó a mí y se quedó mirando al “mellizo” mientras se sonreía. Ya había cuatro hombres, y de mujeres, estaba mi madre, mi tía Jacinta, y Dolores la vecina. Mi abuela estaba dentro cuidando el fuego donde se calentaban dos ollas grandes de agua. Todavía faltaba por venir Paco el de La Loma, que es el matarife, y que mi padre le avisó el otro día, y después llegarán más vecinas.

 

            El que no viene a la matanza es José “El amargao”, porque parece que no es tan amigo de los vecinos. José no se ríe nunca, está viudo desde hace mucho tiempo, porque su mujer la arrollaron los mulos con el arado, un día que se desbocaron, porque un cazador le pegó un tiro a una perdiz muy cerca de la vesana.  Dice mi madre que ya hace muchos años, y José se quedó sólo con su hija Lolilla muy pequeña, (aunque ya tiene quince años), y desde entonces viven con su tía, -la hermana de José-, que todavía está soltera, y dice mi madre que Asunción no se casará ya nunca. Yo la veo muy vieja para casarse. También “El amargao” cuando viene la Guardia Civil con los caballos al cortijo, habla con ellos, y les saca un vaso de vino, pero un día nos acercamos mi hermano y yo a ver los caballos y José nos gritó bien fuerte diciéndonos que nos fuéramos a freír espárragos. Por eso cuando yo vengo con mis tres cabras del campo, y veo a José, no le digo nada porque me da un poco de miedo. Mi padre dice que es un hombre triste.

 

 

                                                           III – El marrano

 

 

-          ¡Ya mismo es de día! No tenemos mucho tiempo que perder –dijo mi madre-

-          A ver si llega Paco y ya podemos liarnos –respondió mi padre-. ¿Tienes ya todo listo?

-          ¡Listo de sobra! … el lebrillo, la alfaca, el agua se está calentando, la leña… Lo único que falta es el marrano.

-          ¿Queréis otra copilla?, o ¿recojo ya esto?

-          Espera que llegue Paco, que se tome algo.

-          ¡Ah! Es verdad. No lo vamos a dejar a secas. Que por lo menos pruebe el aguardiente.

 

            Luis “El mellizo”, nos ha acercado el plato para que comamos “cohetes” de los que preparó anoche mi madre, -que son higos secos con una almendra dentro-, y que están muy buenos. Mi hermano ha cogido dos, y yo otros dos. También nos ha dicho que si queríamos aguardiente, pero creo que lo ha dicho en broma, porque mi padre ha vuelto la cabeza y se ha sonreído mirándonos. A mi me gusta el aguardiente, pero los niños no podemos beber todavía, porque nos emborrachamos, y dice mi madre que nos podemos morir.

 

            Ya ha llegado Paco, y ya estamos un poco nerviosos mi hermano y yo. Mi hermano está más asustado y se pone detrás de mí, porque pronto hay que sacar el marrano y gruñe mucho, yo me acuerdo que el año pasado casi se cae de la mesa cuando lo subían y luego se meó y el meao casi, casi… cayó en el lebrillo de la sangre.

 

-          Otra copilla más y estamos listos ¿no?

-          ¡Échala!, que se nos quite el frío…

-          ¿Le habéis atado la cuerda a la pata? –preguntó Paco-

-          Sí. Está atado y bien atado -dijo mi padre-.

-          ¿Cuánto pesara?

-          Puede que veinte arrobas

-          ¿Tanto?

-          Más o menos…

-          Pues… cuando queráis

-          ¡A ver si hay suerte!

-          No estamos más de la cuenta, más bien los justos. Así que las mujeres tienen que arrimar también el hombro.

-          Y que pensabas, que nos íbamos a quedar mirando – dijo Dolores-     

 

            Mi padre es el que ha ido hacia la zahúrda a soltar el marrano y traerlo, ya están todos los hombres preparados, y mi madre cogerá ahora el lebrillo para la sangre. Luis “El mellizo” tiene la cuerda en la mano para ponerle el bocado en el hocico. Entre mi padre que lo trae atado de la pata derecha y Paco el matarife lo cogerá de las orejas mientras que Luis le pone la cuerda en el hocico y cuando ya la tenga puesta, entre mi padre, Luis y Paco cogerán la parte delantera y de las patas traseras lo van a coger el primo Manolo y Juan “El jornales” y ayudándoles las mujeres, porque subirlo a la mesa es lo más difícil. Una vez subido, mi padre atará la pata delantera derecha -que queda pegando al tablero de la mesa- a la misma pata de la mesa. Paco –por la parte opuesta de la mesa- sujetará la pata izquierda doblada mientras su cuerpo se apoya encima del marrano y con la mano derecha cogerá la alfaca y Luis el mellizo sujetándole el hocico, porque si se escapa, puede dar un bocado a cualquiera y sacarle la tajada.

 

            Ya la luz del día le va ganado a la de los candiles. La niebla parece que acude también a tropel, y está haciendo del amanecer una gigantesca nube pardusca.

 

-          Tranquilo Jesús, que no se nos ponga nervioso –dijo Paco a mi Padre-

-          Cuando le coja las orejas le metes la cuerda en la boca ¿de acuerdo? –dijo Paco, ahora dirigiéndose a Luis “El mellizo”

-          ¡De acuerdo!

-          ¡Ahora! ¡Vosotros atrás! ¡Vamos, venga arriba!

 

            Lo han subido a la mesa, y ahora si que gruñe el marrano. Creo que está más asustado que mi hermano, que se ha retirado hacia atrás, pero yo estoy aquí junto a Paco, sujetando del lomo, porque antes ha dicho que no somos muchos. Está calentito y pinchan los pelos, y también huele mucha peste. Ayer mi padre le llenó la zahúrda de paja para que estuviera limpio y no le dimos nada de comer, pero tiene un poco de mierda en la barriga. Mi madre le está lavando la papada para que esté limpio cuando Paco le pinche con la alfaca, y Dolores está también pendiente por si se mea que no caiga en la sangre.

 

-          Vamos allá –ha dicho Paco-, que ya va a clavarle la alfaca.

-          ¿Ha entrado limpia?

-          Parece que sí, sale fuerte.

-          ¡Dale tiempo!, que quede limpio

 

            Briega fuerte, pero ya no se puede escapar, y cada vez los gruñidos del marrano son mas tenues, ahora un poco roncos a la vez que más espaciados y largos. Todos estamos callados, solo se le oye al marrano, y poco a poco parece que se va aflojando. Yo ya no voy a apretar tanto. Voy a ir con Diego para ver la sangre en el lebrillo, sin acercarme mucho para que no nos regañe mi madre. Sale humo de la sangre, y es casi negra… Ya casi no se mueve, a mi me da un poco de pena, porque le hemos ganado, y está volviendo los ojos que se le ponen blancos y ya no dice nada.

 

            Ahora me estoy acordando de cuando se murió mi abuelo, que yo lo vi, asomado de reojillo a la puerta, y también roncaba un poco… y daba como saltitos; después mi madre tuvo que afeitarlo, y le ató un trapo en la cabeza, porque se quedó con la boca abierta, y otro en los pies juntándoselos. Y mi abuela lloraba mucho, y nos llamaba para que no miráramos. Mi madre ha guardado el callado del abuelo, porque es de membrillo, y aunque está muy viejo, es de los más duros que hay, -le oí decir a mi padre-.

 

            Ahora viene lo mejor de la matanza, porque hay que quemar el marrano antes que se enfríe, hasta que se le levante el pellejo, y luego rasparlo y lavarlo con el agua caliente, y se está muy calentito con la luminaria. Me acuerdo de lo que duele el estropajo cuando nos lava mi madre en el lebrillo. Ya al marrano no le duele. Ayer mi padre trajo ese montón de bolinas y abulagas con el mulo y ahora antes que se enfríe lo vamos a quemar.

 

            Ya la luz del día ha dado muerte a la de los candiles. Mi madre los ha apagado de un soplo. Ya se ve bien, y me está dando hambre.

 

 Francisco Pelegrina López