RETALES-1

De cómo la casualidad hizo que llegase a mis manos el baúl que dejó de notas y apuntes el polifacético Prudencio, hombre de campo, curtido en espíritu y, defensor a ultranza de justicias

e igualdades, obligándome el destino a

convertirme en su  heterodigético

narrador, según las teorías

de Gérard Genette.

 

    “A MANERA DE PRÓLOGO”, es una frase que a el le gustaba utilizar cuando hablaba de libros, y así es como yo hubiera querido titular estas primeras páginas que siguen. Intentaré dar mi opinión sin quitar ni poner, sino tal como las he ido desbrozando  en los papeles, y conociéndolas en principio de boca del propio Prudencio.

 

    Así pues, como digo, ha sido su mujer Lola la que por intuición dio con mi persona, ya que la nota que Prudencio tenía pegada sobre el baúl y escrita de su propia mano, decía simplemente : “para entregar al maestro”. Ella, persona avispada y cabal, -que a mi siempre me recuerda a Úrsula Iguarán- sabe de la amistad que nos unió a Prudencio y a mí, -aunque ni él ni yo la buscásemos nunca-, sino porque sabe de nuestras coincidencias en las pláticas o charlas que teníamos en lo que quedó de la antigua posada, ahora convertida en el bar “La Mojama”. Así que Lola supo que no era al maestro mas viejo del pueblo D. Ceferino, a quién correspondía leer el papeleo, sino a mí que en el pueblo me conocen por “El Maestro”, -yo creo que en plan irónico y despectivo-, aunque yo nunca fui maestro de nada, sino que continuamente jugaba con la bondad de Prudencio y le sacaba a flote las reflexiones más profundas que el tenía, aprovechando para enrabiar un poco a los demás contertulios habituales, el cura D. Manuel Piedrasanta, el médico D. Anastasio Carcelén, Don Ceferino Catalán, -el maestro de verdad- y algunas veces también D. Ignacio,  “El Malacara”.

 

    Siempre mostró aversión Prudencio a la idea de publicar sus memorias, -aunque yo le alentaba a ello- porque él pensaba que no le interesaban a nadie, y sobre todo, decía -de vez en cuando- que serían inútiles, y a continuación dejaba caer la frase,  “que pena que el mundo no tenga arreglo”.  Unas veces se mostraba pesimista, y desalentado, pero otras muy contundente y cabezón. Y como pasaba horas enteras leyendo, decía eludiendo el tema que cuando tuviese tiempo, las escribiría.

 

    Folios disparejos, carpetillas con más folios, y algunas sujetas con una goma elástica, así estaba el baúl de Prudencio, con sus escritos y reflexiones, entre libros y recortes de periódicos, algún ejemplar de El País Semanal, o de XL Semanal, y sobre todo sus cuadernos de muelle y de tamaño A-4, con escritura un poco garrapatosa, porque el siempre decía que escribía para el solo, que tenía alguna “ideílla” pero que cuando pensaba en escribirla, ya lo había hecho otro antes que él. También tenía un fichero de citas famosas, en donde podías encontrarte con Santayana, Tony de Mello, Marx o el mismísimo Voltaire.

 

    Por todo esto que digo, estos retales de memoria, no tienen un orden cronológico, ni científico, ni siquiera –diría yo- lógico, sino que son retales de aquí allá y acullá, sin fechas ni orden, solamente algunos se puede saber que son más antiguos por el papel amarillento, y ya fuera del mercado, pero la insistencia de Lola me obliga, como dice ella: “para salvaguardar la memoria y el homenaje que se merece Prudencio”.

 

    En cuanto a mi redacción literaria, como yo se que es pobre y desastrosa, a veces os puede parecer incluso desangelada y burda, pero podéis estar seguros -los que leáis estos retales-, de que podréis conocer mejor  las ideas que tenía en mente el bueno de Prudencio y que siempre se afanó en transmitirlo a los demás, así es que sobre este tema tuvimos muchas veces enfrentamientos verbales, -recalco verbales-, porque yo le insistía en que cada uno se formase según sus necesidades y gustos, pero el se aferraba a la idea de que “los que saben tienen que procurar transmitir eso que saben”, porque sino, “no sirve para nada que tú sepas mucho si no eres capaz de enseñarlo a los demás”,  así me decía él, justificando su idea.

 

    Por eso, y sin más dilaciones os iré poniendo retales del baúl de Prudencio, y ahora solamente os dejo aquí la cita del Prólogo del Quijote que él algunas veces nos dijo en las tertulias, admirando a Cervantes y elogiando la sabiduría que encierra su obra. Prudencio amaba lo que escribía, más que una madre puede amar a sus hijos, pero al igual que una madre, a veces se enfadaba y rompía lo escrito o lo guardaba solo para él, probablemente porque su humildad era más fuerte que el deseo por exteriorizar sus ideas.

           

“Acontece tener un padre un hijo feo y sin gracia alguna, y el amor que le tiene le pone una venda en los ojos para que no vea sus faltas; antes las juzga por discreciones y lindezas y las cuenta a sus amigos por agudezas y donai­res. Pero yo, que, aunque parezco padre, soy padrastro de don Quijote, no quiero irme con la corriente del uso, ni suplicarte casi con las lágrimas en los ojos, como otros hacen, lector carísimo, que perdones o disimules las faltas que en este mi hijo vieres, pues ni eres su pariente ni su amigo, y tienes tu alma en tu cuerpo y tu libre albedrío como el más pintado, y estás en tu casa, donde eres señor de ella, como el rey de sus alcabalas, y sabes lo que comúnmente se dice, que debajo de mi manto, al rey mato. Todo lo cual te exenta y hace libre de todo respeto y obligación, y así puedes decir de la historia todo aquello que te pareciere, sin temor de que te calumnien por el mal ni te premien por el bien que dijeres de ella”.

 

    Por último, he de advertiros que yo soy el narrador solamente, a veces testigo de los hechos, por eso un narrador raro, pero solo el narrador. Prudencio ya murió y seguro que está a buen recaudo, como el solía decir: “Ni en el cielo ni en el infierno, porque no creo que me aguanten en ningún sitio”.