RETALES-4

De donde Prudencio encuentra la soledad para acercarse  poco a poco a su persona y como la compañía es buena cuando surge

espontáneamente, pero sobre todo cuando uno

 la busca, no cuando se la tropieza

 fortuitamente, sin avisar.

 

fotografía de Lita Gonzalez
fotografía de Lita Gonzalez

Según la sabiduría popular, avalada por las mediciones geográficas más recientes, en España, se puede disfrutar de un total de siete mil ochocientos ochenta (en número 7.880) kilómetros de costa, y por eso el amigo Prudencio, a veces buscaba un remanso de paz en diez metros cuadrados de esa inmensa longitud costera. El ritual comenzaba a las cinco de la tarde, generalmente el sábado, cuando el grupo familiar, comienza a ver la película correspondiente en televisión, y la monotonía cotidiano-semanal, había colmado sus expectativas y conseguido traspasar el umbral de otra semana de vida.

 

Cogiendo sus enseres de pesca, a saber: dos cañas (una vieja y otra nueva), un fiambrera moderna de plástico (léase: tupper), de tamaño treinta por veinte y por quince de profundo, donde meticulosamente había ordenado sus anzuelos, sedales, tijeras, linterna y demás utensilios necesarios para intentar pescar; aparte un cubo de plástico en donde se supone guardaría los peces pescados, -en caso de pescarlos ¡claro está!-, y que ahora contenía los cebos a utilizar, para evitar el goteo en el coche, en  donde, de no ser así, perduraría varios días el caldillo pestoso. Ya todo colocado en el coche, era cuestión de una hora hasta la playa. En el radiocasete, colocaba una cinta, porque todavía Prudencio no necesitaba otro artilugio más moderno, y emprendía la marcha escuchando Los Panchos o Carlos Cano, según el ánimo aconsejara.

 

Ahora sí que subía el volumen cuando oía aquello de La alacena de las monjas

“En el convento de las esclavas de Santa Rita

andan las monjas dale que dale por la cocina

con las sartenes y las perolas en los fogones

y las tinajas llenas de tortas de chicharrones.”

 

Solo con su música y su canturreo ocasional, ya que sus posibilidades de canto -según el mismo me confesaba- eran pésimas, porque: “mis oídos no están hechos para el cante”, -decía-, y yo puedo atestiguar que era totalmente cierto.

 

Sobre las seis llegaba a la playa comenzando su pausado ritual de acomodarse en un lugar no seleccionado al azar, sino que, cuidadosamente observaba la limpieza de la arena (para elegir la más limpia); la distancia del agua, para retirarse según la intensidad de la ola, todo –como digo- medido y calculado sin dejar ningún cabo suelto.

 

Menos de media hora era suficiente para montar las dos cañas, seleccionando los anzuelos del número cuatro o cinco, como mucho, porque más grandes no sirven para los peces medianos; preparar las luces químicas para el final de las cañas. Todo ya listo y preparado, faltaba solamente el lanzamiento de las cañas al agua, y a descansar y desconectar del mundanal ruido cotidiano y fastidioso del trabajo y todo lo demás.

 

Sentado ya Prudencio en sus metros cuadrados de playa, observaba sus cañas, jugaba con la arena, cuando vio acercarse una persona con su equipaje y enseres de pesca como él mismo. La playa es extensa (7.880 km. como he dicho), y allí junto a él se acercaba el pescador, casi rompiendo la intimidad reservada y a menos de 5 metros, dejó caer sus utensilios y poco a poco se acomodaba junto a Prudencio.

 

¡Buenas!

¡Buenas!

¿Qué? ¿Va bien la cosa?        

Regular –respuesta seca y cortante-

 

La segunda faceta del pescador ya instalado,  consiste en acercarse al cubo aún vacío, -dentro del cual Prudencio habitualmente deposita una piedra de playa, para evitar que se ruede por el aire playero- asomarse a él, y buscando nueva conversación preguntarle a Prudencio: ¿Nada todavía?

Y la pregunta del compañero forzoso recibe su pregunta: - ¡Uh…Nada!

 

Pasados unos minutos, comprobado ya por Prudencio que hoy será otro día, o día-noche, sin intimidad ninguna, y donde tendrá que luchar con los enredos de sedales entre los suyos y el nuevo pescador, que no busca la intimidad, sino que es curioso por naturaleza y hablador por falta de quien le escuche. Probablemente un pesado de tomo y lomo –piensa Prudencio-

 

Ya sabe que no va a estar sólo. Temiéndose está que un poco después verá como le pide el encendedor, e incluso, como le pregunta si se ha traído cerveza o ginebra, para pasar la noche, y así le hará la noche aburrida con una compañía no solicitada. Es más, se está temiendo que si el pescador improvisado es además embustero y fanfarrón, le contará una y mil historias de cuando pescó tal o cual pez de al menos 2 kilos; o incluso una dorada de… ¡sí!, de un peso del que sabe cualquiera que no existen doradas.

 

Esto me lo contaba Prudencio, cuando me decía que los ratos de pesca le servían para conectar con la soledad, y vivir las mejores noches de contemplación de la Vía Láctea, y por eso, de vez en cuando me decía: Si hay en España 7.880 km. de costa ¿por qué tiene que venirse un pescador a mi lado, estando la playa vacía?