RETALES-5

De cómo Prudencio tenía escritos algunos cuentecillos

 que nunca supo terminarlos, porque Prudencio

 nunca supo escribir bien, solamente

 sabía recordar.

 

 

I

 

Luisillo era un niño canijo y delgaducho. Tenía siempre el flequillo tieso y la mirada un poco triste. Ya había cumplido 8 o 9 años y cada día que se asomaba a la puerta de su casa miraba a la lejanía y veía un trozo de mar que entre las montañas asomaba en forma de triángulo invertido. Llevaba pantalones cortos, alguna pupa en las rodillas o en los tobillos, y casi siempre en los bolsillos llevaba una navaja pequeña que le servía para cortar el tocino, y también para labrar algún palo o cortar cañas. Le habían hablado del mar pero nunca supo de su tamaño, aunque algunos días de viento fuerte notara que le salían pintas blancas. Serían 5 o 6 kilómetros la distancia que los separaban, pero Luisillo siempre pensaba que sería maravilloso llegar al mar. Que algún día lo vería de cerca.

 

Luisillo también era pobre, aunque el no lo sabía, porque sus hermanos mayores que eran cinco nunca le habían dicho si también ellos eran o no pobres, y Luisillo todo lo aprendía de sus hermanos.

 

         -Hoy vendrá la “pescaera” –dijo su madre a la vez que le hacía entrar en la casa-

         -Y tómate las “sopas”, que tienes que sacar  las cabras –añadió ordenando-

         Luisillo aunque era pobre, como ya he dicho, todos los días por la mañana, le daba su madre un tazón de sopas, cuando ordeñaba las cabras y hervía la leche. Sus hermanos que con anterioridad ya las habían tomado,  se habían ido al amanecer al campo con su padre a recoger las almendras. El se iría después con las tres cabras que tenían en el corral, y luego volvería con ellos.

         Luisillo quería que llegara la pescadera antes de irse, porque le gustaba tocar los ojos a los jureles que ella traía en la caja, y ver si todavía los pulpos se movían.

         Natalia, la “pescaera” subía una o dos veces al mes desde el pueblecillo de la costa, recorría los cortijos, hasta que vaciaba la caja de pescado que cargaba sobre un trapo en forma de rollo y mantenía cogida sobre su cabeza. Con  paso muy suave y  rectitud de cuerpo parecía llevar un sombrero gigante rectangular. Era flaca y vestía de negro. Únicamente sus alpargatas mantenían uniformidad con su color de tierra y polvo. Tenía la cara rugosa y sufrida, y el semblante muy cansado, pero siempre le decía a Luisillo que tocara el pulpo para comprobar que estaba todavía vivo. El esperaba ese momento y pensaba que su valor superaba el desafío del animal y que no le tenía miedo a pesar de sus movimientos ondulantes y sus adherentes ventosas sobre la madera sucia y húmeda de la caja. Después de tocarlo varias veces con el dedo índice miraba a Natalia esperando que aprobara con una sonrisa su valentía demostrada.

         -Te vienes conmigo, y la próxima vez que suba, te traigo con tu madre ¿quieres?  Así le decía Natalia a Luisillo; que si quería conocer el mar, que se fuera con ella, pero él sabía que eso no era posible, sabía que Natalia se iría en seguida y que el seguiría guardando sus cabras y conociendo el mar solamente desde la lejanía.

         El sonreía y agachaba la cabeza, mirando a su madre de reojo.

         -Otro día, si Dios quiere –decía la madre-

La madre de Luisillo, siempre regateaba a la “pescaera”, no porque pensara que le iba a rebajar mucho en el precio, sino porque los pobres siempre regatean y ello hace que los demás sepan de su escasez y no suban en exceso la ganancia. Si podía compraba un pulpo, sino, solo compraba tres cuartos de  morralla que era lo único que podía permitirse.

-“Namás” tengo hoy siete pesetas –decía la madre de Luisillo-

-¡Pero mujer!, si este pulpo pesa casi dos kilos –protestaba Natalia-

Mientras el tira y afloja entre Natalia y su madre, Luisillo volvía a tocar el pulpo para ver sus últimas suaves ondulaciones.


 II 


         Ya se había ido Natalia, y la realidad estaba ahora en coger las tres cabras y marcharse al campo. La Morena, La Rubia y la Tuerta. Luisillo ahora soñaría todo el día con el mar, y con llegar algún día a ver los pulpos en el agua. Ya estaba pensando en cortar un palo con la navaja y le sacaría punta por si alguna vez podía ir al mar, sino le serviría para coger lagartijas o culebras, que había que sacarlas de los balates de piedras, a base de chincharles con el palo. Las culebras no le daban tanto miedo como los pulpos. Sabía que éstas siempre se asustaban  cuando las perseguía.

         -Llévate el saco –le decía su madre-  y te traes hojas "pa" las cabras.

         -¡Bueno! -contestaba Luisillo-, mientras iba a coger el saco que ya le alargaba su madre-

         -¡Que vayas con cuidado!

         -¡Si!

         Después cogía un par de piedras y las llevaba en la mano por si había que tirarlas a las cabras.

         Antes de marcharse se asomaba al corral a ver los conejos, que este año tenía dos, pero que sabía que pronto habría que matarlos. Luisillo se paraba a mirarlos y a veces los espantaba para verlos correr hacia las conejeras.


 III

 

Y pasaron los años…

“La estructuración del relato hay que tenerla planificada siempre antes de comenzar su escritura. Es fundamental, y ya lo deberíais de saber todos que tiene que ser así. No podemos escribir un relato antes de planear concienzudamente el comienzo, nudo y desenlace, o puede pasar, como ocurre a los intentan hacerlo, que el relato no funcione, o que el final no sea del todo convincente”.

 

         Luisillo ya conocía el mar, Luisillo ya había conocido los pulpos. Se había bañado en la Rijana, en la Playa de la “cagailla”, y hasta en las playas de Sintra y Cascais, cuando hizo la escapada a Portugal, y ahora las palabras del profesor le sonaban a teoría pura y dura.

        

“Volverán las oscuras golondrinas

en tu balcón sus nidos a colgar,

y, otra vez, con el ala a sus cristales

jugando llamarán;

pero aquéllas que el vuelo refrenaban

tu hermosura y mi dicha al contemplar,

aquéllas que aprendieron nuestros nombres...

ésas... ¡no volverán!”

 

         “La perfección de la rima alcanza su máxima expresión en Bécquer…”, y después de oír estas palabras, Luisillo sabía que seguirán la perorata con Góngora, -retrotayéndose las épocas-, y probablemente acabando en el Guzmán de Alfarache y la novela picaresca, confundiendo sonetos y cuartetos, y mostrando el profesor su erudita sapientia.

 

         Luisillo sabía que las golondrinas no llaman a los cristales con el ala, sino que a veces no ven el cristal y golpean fuertemente sobre él, y además, casi siempre son vencejos, porque ya hay muy pocas golondrinas, seguro por culpa del cambio climático, que ahora tiene la culpa de todo.

 

         Aquella teoría estaba muy bien, pero Luisillo todavía –y a pesar de los años- se acordaba de sus cabras, y no aspiró nunca a imitar a Bécquer, como mucho imitó alguna vez al hijo de Demófilo. En cambio leía y leía, sin mirar mucho a quien, -en un principio-, hasta que fue descubriendo a los clásicos del siglo XX, como él les llamaba, y así fue “picoteando” de Brech a Benedetti, de Vargas Llosa a García Márquez, y de Ana María Matute a Carmen Laforet, pero sobre todo los cuentos de Aldecoa o de Cela, o los relatos de Poe. A Luisillo también le encantaban mucho los cuentos del otro lado del Atlántico, aquellos títulos tan originales, como El ahogado más hermoso del mundo, La señorita Cora,  Las orejas del niño Raúl, Carta a una señorita de París, Yo solo vine a hablar por teléfonoy sobre todo le gustaba el hilillo de sangre en la nieve de Nena Daconte.

         Por esto, -me confesaba Luisillo- que él nunca alcanzaría la capacidad de expresar lo que sentía, sino que solamente se limitaba a intentar sentir lo que otros ya habían sentido cuando escribieron, así podía intentar sentir como Moravia, o como Mann, a imaginarse la Francia de Proust o viajar a Italia de la cultura con El nombre de la rosa de Eco.

 

         Luisillo tenía muchos recuerdos, pero no sabía ponerlos por escrito, Lo que si recordaba claramente fue el día que pudo ver el mar por primera vez, se sentó en la húmeda arena y disimuló el llanto como buenamente pudo.